Una noche de verano de 2018, caminaba con un amigo por el centro de Tesalónica cuando un hombre se nos acercó para pedir indicaciones. Nos detuvimos y, sin previo aviso, nos atacó. Mi amigo escapó, pero el hombre me persiguió por la calle, y me dio puñetazos en la frente y patadas en la espalda. ¿El motivo? Un “hombre [mi amigo] llevaba una falda”.
Más de siete años después, no tengo cicatrices físicas de aquel ataque, pero el momento en el que crucé la mirada con aquel hombre está grabado de forma indeleble en mi memoria. Esa persona no me había visto en su vida, pero aun así me odiaba.
Aquel ataque fue mi primera experiencia de lo que significa no ajustarse “visiblemente” a las convenciones de género. Años después, mi búsqueda de respuestas para los motivos tras ese ataque se ha alineado con cuestiones más amplias cuyo desarrollo he estado siguiendo en todo el mundo.
No tengo cicatrices físicas de aquel ataque, pero el momento en el que crucé la mirada con aquel hombre está grabado de forma indeleble en mi memoria.
¿Qué tienen que ver las normas de género con la protección de la sociedad turca? ¿Por qué el gobierno eslovaco afirma que codificar sólo dos géneros en la Constitución protege la nación? ¿Por qué algunas mujeres (cisgénero), junto con otros grupos contrarios a los derechos, celebran la restricción de los derechos de las mujeres (transgénero) en Reino Unido?
A lo largo del año pasado, la violencia anti LGBTQIA+ ha ido preocupantemente en aumento en toda Europa, y las personas transgénero y las que no se ajustan a las convenciones de género sufren ataques desproporcionados en todo el mundo. Es frecuente que a las personas transgénero se las rebaje denominándolas “las trans”, una práctica alienadora que pide que nos centremos en la anatomía y el físico de la persona mientras a las personas transgénero jóvenes se las borra y se las reprime pese a la existencia de datos sólidos que confirman que la atención a la afirmación de género salva vidas.
El romper o rechazar de plano las norma de género nocivas ha creado descontento entre algunos grupos que califican esas prácticas como “ideología de género” y les atribuyen consecuencias catastróficas. No es coincidencia que los ataques contra personas transgénero y que no se ajustan a las convenciones de género se alineen con el aumento de las prácticas autoritarias en todo el mundo. El término “wokeness” se ha convertido en un calificativo enrevesado que propaga un pánico moral, en lugar de pedir una postura crítica hacia la política y los sistemas, como era su intención original.
Una sentencia dictada en 2025 por el Tribunal Supremo de Reino Unido definió la femineidad basándose en el sexo biológico, lo que quería decir que a las mujeres transgénero del país se les podía negar el acceso a aseos no mixtos; aunque el Tribunal reiteró la protección legal de estas mujeres, ellas tienen que soportar la injerencia constante en su autonomía corporal, su privacidad y su dignidad. Nos hemos convertido en espectadores de cómo una minoría de mujeres cisgénero alza la voz alegando luchar con la opresión patriarcal para volverse contra nuestro colectivo; nosotros y nosotras, que pertenecemos a comunidades que han sufrido un daño sustancial por las mismas fuerzas patriarcales que las oprimen. Resulta irónico, ¿verdad? Grupos de mujeres que han estado luchando contra su opresión y sus restricciones basadas en afirmaciones esencialistas (las mujeres son cuidadoras, son más débiles y menos capaces de ocupar cargos de autoridad, tienen que ser madres que se queden en casa, etc.) instrumentalizando alegaciones esencialistas para excluir a otros grupos de personas. Esas mujeres que sienten amenazada su identidad misma a causa de la anatomía de las mujeres transgénero.
Se justifica la erradicación de un grupo específico de personas como medida para proteger la seguridad de las mujeres. Se están promoviendo programas antitransgénero en universidades, y recientemente en las Naciones Unidas, donde se han calificado como “inclusión coercitiva” las reclamaciones de las mujeres transgénero a ser reconocidas. Por fortuna, en la actualidad estas voces son una minoría en los espacios internacionales de derechos humanos.
El rechazo a las normas sociales que dictan quién eres puede ser liberador, pero también constituye una amenaza para los sistemas de poder y control. La lucha por la justicia es interseccional: además de las comunidades intersexual, transgénero y que no se ajusta a las convenciones de género, también afecta a las comunidades de personas migrantes, refugiadas y solicitantes de asilo, personas con discapacidad, pueblos indígenas y otras comunidades históricamente marginadas. Amnistía Internacional ha planteado reiteradamente el aspecto de la justicia interseccional en cuestiones de derechos humanos, como el acceso al aborto y los derechos de las personas que se dedican al trabajo sexual.
Aunque hay personas que disfrutan de los derechos que les corresponden, otras son tratadas como “ciudadanas de segunda” y sufren una marginación adicional; al parecer, en Turquía se está utilizando el “Año de la Familia” como justificación para restringir aún más las vidas de las personas LGBTQIA+.
Ya es hora de que nos centremos en lo que nos une: la reafirmación de nuestra dignidad
El patriarcado es una fuerza destructiva que afecta a todo el mundo, incluidos los hombres cisgénero. Se combina perfectamente con la determinación de la posición de cada persona en este mundo, en el que las más privilegiadas tienen la seguridad garantizada, y con el afianzamiento de los estereotipos de género. Las mujeres, como cuidadoras y frágiles; las personas bisexuales, como confusas; las personas gays y lesbianas, como desviadas sexuales; las personas transgénero y que no se ajustan a las convenciones de género, como caricaturas. Y sin embargo seguimos sin establecer las conexiones; nos adaptamos a las tácticas de “divide y vencerás” que desestabilizan las comunidades mismas que pueden aliviar el dolor de la marginación y la alienación y dirigir nuestra rabia hacia un resultado más positivo.
Mi experiencia personal sugiere que la mayoría de quienes condenan la transexualidad nunca han interactuado con personas transgénero. No las han visto en su vida corriente, en sus momentos de amor, de miedo, de anhelo y todas esas situaciones de la vida que todas las personas hemos experimentado. Esta falta de interacción es lo que reduce a las “trans” al ámbito de la maldad especulativa. Las personas transgénero se convierten en uno de los numerosos chivos expiatorios contra los que dirigir la frustración que muchas veces se deriva de las rígidas normas que se han aceptado sin espíritu crítico.
Ya es hora de que nos centremos en lo que nos une: la reafirmación de nuestra dignidad y el rechazo, con una sonrisa furtiva, a las acusaciones infundadas y erróneas de “wokeness” e “ideología de género” para reclamar nuestra existencia. Con la inspiración de la historiadora y figura destacada en estudios transgénero Susan Stryker, veo mi ira como una “fuerza motivadora” para oponer resistencia y crear redes de atención mutua.
Alex Birintz es auxiliar de investigación y acción en Amnistía Internacional
Este artículo fue publicado por primera vez enPink News.

