Leer Feminista

Nuestro desvelo es nuestro bosque

 Notas de lectura sobre Las cosas que digo son ciertas, la poesía completa de Blanca Varela (Gog y Magog-Caleta Olivia; 2023)

 

por Camila Vazquez

 

Si lo surreal existe, debe ser una zona en la lengua. No un hecho en sí, una esencia. Sino algo en la mirada. Una forma de nombrar el mundo. Un espasmo en la palabra que sacude la sintaxis, la coherencia. Desde esta perspectiva, toda experiencia poética podría ser surrealista, en tanto la poesía es, quizás, el género literario que más corroe la normativa, que más enloquece a la lengua: escribir en versos, asumir el silencio como signo, perseguir la música. Pero esta aseveración también corre el riesgo de ser muy relativista. Bajo esta óptica cualquier cosa enunciada en términos poéticos -y cómo medir los términos poéticos- podría cobrar valor surreal. Con mayor precisión, podría puntualizar y decir que creo que todos los debates literarios se dan en torno al lugar de enunciación. Buscamos los estilos, los ademanes, las herencias en los temas. Pero los temas ¿importan? Quizás lo surrealista esté, sobre todo aunque no únicamente, en un modo de enunciar: algo que, sin dudas, la poeta peruana Blanca Varela supo. Las editoriales Gog y Magog y Caleta Olivia han editado recientemente en Argentina y, de manera conjunta, la poesía completa de esta voz fundamental para las letras latinoamericanas.

Blanca Varela (Lima 1926, 2006) fue una poeta peruana, nacida en una familia de artistas, compañera del  pintor Fernando Szyszlo, cercana al surrealismo y al existencialismo. Ganó, entre otros premios, el Reina Sofía de poesía iberoamericana. Trabajó como editora del Fondo de Cultura Económica en el Perú.

Un ejercicio de lectura que me gusta hacer es marcar las palabras que más aparecen en una obra. Según mi recuento, caprichoso y entusiasta, en la obra completa de Blanca Varela aparecen con frecuencia las palabras: noche, sueños, astros, eclipse, venus, desierto, mar, demonio, árbol y ángel. Con esas palabras, sacamos conclusiones: los términos como espacios en un universo poético. Nada que haya inventado yo, por cierto, un ejercicio básico del Análisis del Discurso, pero aplicado con poca rigurosidad o con la rigurosidad que habilita el deseo en la lectura.

Pienso en la noche. En cómo Blanca se refiere a ella: vieja artífice/ve lo que haz hecho de la mentira/ otro día. Su poesía es grave en los términos en los que otra poeta, Alicia Genovese, se refiere al tono de los poemas. Una poesía densa, pero no incomprensible; profunda, pero no tortuosa; onírica, corrida del curso realista de la lengua, pero no ornamental. La poeta busca nombrar una verdad corrida, escarba en la verdad de lo denso: es hacia a la noche donde vamos. Como esta verdad es espumosa, inmaterial, la poeta realiza ejercicios materiales, nombre que recibe uno de sus poemarios. Intenta la noche en el poema: (…)penetrarse a sí mismo/como la noche/ como la piedra/ como el océano/ conocimiento. En varios de sus títulos hay aseveraciones tajantes: Las cosas que digo son ciertas, por citar un ejemplo; Este puerto existe, el nombre de su primer poemario, por citar otro. Pienso en ese gesto fervoroso de ser tomada en cuenta. Pienso en el gesto severo y, claro, pienso en las mujeres. Nuestras palabras a menudo cuestionadas, matizadas, explicadas por otros que las saben mejor. Lo que decimos es cierto, existe, incluso esa materia difusa que se corre hacia el sueño, hacia la noche.

Sin embargo, no quisiera reducir una obra compleja al mero adjetivo surrealista. Tampoco he desarrollado en qué otros aspectos observo este gesto y espero abocarme a eso ahora mismo. Blanca le canta, verbo que ella misma usa, al deseo, al cuerpo, al hijo, al mar, a la soledad, a los amigos. Ah, los amigos. Creo que un gesto al menos vanguardista fue el aglutinamiento en grupos, la errancia en las ciudades y en los bares, las discusiones acaloradas por el estado del arte y la política. Y Blanca tuvo todo esto. Pienso en cómo la poesía funciona en torno a los grupos amistosos, muy lejos de ser vanguardistas, imagino a mis propixs amigxs poetas, nos recuerdo y nos evoco, dispersxs en ciudades que no habitamos, a las que llegamos fortuitamente, invitadxs a un festival, y en las que paseamos como flaneurs, drogadxs bajo el sol del otoño y la energía maravillosa del ocio y hablamos durante horas y horas sobre libros. El paraíso.  Volvamos a Blanca, amiga de Octavio Paz, de Arguedas, de Cortázar, cercana a la gran Simone De Beauvouire, su poesía cobra progresivamente un yo lírico que se enuncia neutro para volverse marcadamente femenino. En su poética convergen los paisajes interiores y exteriores, los adjetivos  inesperados;  un tono descreído de la trascendencia en el más allá. Dios, sin embargo, es un gran interlocutor, sobre todo porque falta, porque escasea: tenemos la lengua dura de los devoradores de dios. Retomo mi insistencia en el surrealismo por varios motivos: por las zonas que visita la obra de Blanca: por su lugar de enunciación, la forma en la que construye sus versos alucinados y sencillos; por cierta filiación y, sobre todo, por un interés personalísimo en rescatar la puesta política y estética de las vanguardias.

Dijo su amigo Octavio Paz en el prólogo de Este puerto existe, cuya edición tiene que ver con el entusiasmo lector del propio Octavio: Algunos no se resignaron. Los más tercos, los más valientes. Quizá los más inocentes. Unos se entregaron a la filosofía. Otros a la política. Unos cuantos cerraron los ojos y recordaron : allá, del otro lado, en el «otro tiempo», nacía el sol cada mañana, había árboles y agua, noches y montañas, insectos, pájaros, fieras. Pero los muros eran impenetrables. Rechazados, buscábamos otra salida -no hacia fuera, sino hacia adentro-. Tampoco adentro había nadie: sólo el desierto de la mirada. Nos íbamos a las calles, a los cafés, a los bares, al gas neón y las conversaciones ruidosas. Guiados por el azar -y también por un instinto que no hay más remedio que llamar electivo- a veces reconocíamos en un desconocido a uno de los nuestros. Se formaban así, lentamente, pequeños grupos abiertos. Nada nos unía, excepto la búsqueda, el tedio, la desesperación, el deseo. En el hotel del Etats-Unis oíamos jazz, bebíamos vino blanco y ron, bailábamos. «El Alquimista» leía poemas de Artaud o de Michaux. Caminábamos mucho.

Si bien es cierto que en Francia Blanca llegó a conocer a André Breton y a tantos otros surrealistas, me niego a pensar que su participación en este modo de escribir -¿que siempre es un modo de estar y de mirar el mundo?- no tiene que ver con una herencia europea. Posiblemente sus lecturas y recorridos amistosos la liguen a ese universos, pero considerar que lo surreal es algo que descubrieron un grupo de artistas del “viejo mundo” es algo tan vetusto como eurocéntrico. Pienso, como nuestro criollo del universo, el poeta correntino Francisco Madariaga, que Latinoamérica guarda -si todavía podemos defender, cuidar y proteger su agua, sus pueblos, sus bosques- paisajes en sí mismos surrealistas. En el caso de Madariaga, los esteros, los gauchos, las habladurías, los pumas, conforman un sustrato que trastoca la vida organizada y productiva de las  ciudades, que  a la vez conforman una visión hegemónica de lo que debe ser el progreso. Si bien no podríamos decir que Blanca es una poeta tan volcada al territorio como Madariaga, sí pienso que nuestra cercanía con lo menos explotado -¿hasta cuándo?-, con cosmovisiones otras a las blancas y europeizadas, conforman una plataforma alterna a la realidad lineal y cartesiana que se nos impuso desde la Ilustración. Mi interés por leer a Blanca desde esta perspectiva tiene que ver, además, con los paisajes poéticos que construye en relación a las escamas del sueño, como ella misma escribe, al deseo, a lo profundo:

 

en un sueño estás sola

no hay otro

la luz no existe

tú eres el perro tú eres la flor que ladra

afila dulcemente tu lengua

tu dulce negra lengua de cuatro patas

 

(…)

tú eres el perro

tú eres el desollado can de cada noche

sueña contigo misma y basta

 

 

Me genera curiosidad ese doble gesto de lxs descreídxs de dios, uno en el que yo misma me encuentro. El de negar a dios pero volcarse a lo fantástico, a lo onírico, a lo poético: ¿no hay una especie de fe en este gesto?, ¿una especie de sed?, ¿un afán de misterio?  Dice el ensayista Al Alvarez en un libro alucinante, La noche, que el surrealismo cambió la manera de percibir el mundo. Creando una especie de escritura jeroglífica universal para el inconsciente, contribuyó a oscurecer la línea que separa el sueño de la vigilia. Y más adelante, afirma: Puede que los sueños sean una especie de “poesía involuntaria”-lo mismo que la poesía, como he intentado demostrar, es una forma involuntaria de soñar-. En muchos de sus poemas, Blanca trabaja con imágenes difusas del sueño, o, al menos, el poema sueña con ellas, tal como ocurre en Alba, que transcribiré entero:

 

Alba

Al despertar

me sorprendió la imagen que perdí ayer.

El mismo árbol en la mañana

y en la acequia

el pájaro que bebe

todo el oro del día.

 

Estamos vivos,

quién lo duda,

el laurel, el ave, el agua

y yo

que miro y tengo sed.

 

Entre el sueño y la lengua está el poema. Hay, en los múltiples versos que conforman su obra, un marcado vuelco a lo nocturno: el suplicio comienza con la luz, dice uno de ellos. Unas atmósferas azules y ligadas al mar: quemadura de sal en que se nace  o nada más que el inmundo el bellísimo azul/ el inclemente azul/ el deseo. También, el verso que lleva por nombre esta nota. En el desvelo, el rechazo del sueño, otra espesura. O este otro: soñamos como vivimos.

He insistido en el gesto surrealista porque creo que en lo inconsciente, en los sueños, en la poesía, en el azar, hay una magia que la vida productiva no puede capturar, que allí fulguran unas claves sagradas y sencillas que contienen nuestros deseos, nuestros miedos. Alertas y señales. También porque, como dice una vieja consigna, estoy a favor de la fantasía y en contra de la inflación. Creo que la fantasía nos religa con el mundo: el asombro, la sorpresa, la contemplación. Creo que la fantasía es revolucionaria, como intuían aquellos jóvenes surrealistas y caminantes. Todo lo contrario al gesto extractivista, al gesto depredador y asesino que ocurre ahora mismo, a kilómetros de donde escribo, en nuestro propio país, en el Jujuy. La fantasía es un derecho de los pueblos, un derecho mágico, sagrado y poético.

Por último, quiero detenerme en el ejercicio material de la búsqueda del poema, un sentido difuso, casi como dios. Ese efecto de lo metapoético que hace que un poema cobre consciencia de sí, como unas ruinas circulares del texto poético. Algo que la propia Blanca describe así: el poema es mi cuerpo/ esto es la poesía/ la carne fatigada del sueño/ el sol atravesando desiertos.

Esta última idea se escribe mejor sin mí, con el poema de Blanca Varela que incluyo entero, a continuación:

 

 

Media voz

la lentitud es belleza

copio estas líneas ajenas

respiro

           acepto la luz

bajo el aire ralo de noviembre

bajo la hierba sin color y gris

          acepto el duelo

y la fiesta

 

no he llegado

no llegaré jamás

en el centro de todo está el poema

intacto sol

ineludible noche

 

sin volver la cabeza

merodeo su luz

           su sombra

animal de palabras

husmeo su esplendor

su huella

             sus restos

todo para decir

que alguna vez estuve

atenta desarmada

                                 sola

casi en la muerte

casi en el fuego

 

 

 

 

 

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