Leer Feminista

Mi primera lección de feminismo la recibo de los ñandúes

Anotaciones de lectura, o deberíamos decir divagues, sobre Todo lo que crece. Naturaleza y escritura de Clara Obligado

Por Camila Vazquez

 

I

El paisaje de Juana

 

En plena pampa santafesina, una mujer que luego sería mi bisabuela, dejó a su marido golpeador. Escapó con una criatura de pecho entre sus brazos de matrona. Juana se volvería una mujer hosca y maciza con el tiempo: maciza en su carácter. Brava con los hombres, brava con su hija. Inquebrantable. Huiría a las sierras de Córdoba como refugio y, de vuelta en su provincia, en la ciudad de Rosario, montaría en una casa de barrio de Perón, en su patio de dos por dos, un hogar para las gallinas, las amapolas y los zapallos. Amaría a un comechingón altísimo y triste, el Oscar. A su propia nieta, mi madre, la curaría del empacho, del maldeojo y le tiraría el cuerito. También curaría otras cosas, otros males, más paganos y menos permitidos para la época -para la nuestra-, pero esa es otra historia.

 

II

La pregunta

 

Hace varios años que una pregunta me persigue: qué puede hacernos un territorio en la sensibilidad. Qué puede hacernos en la escritura. Esa pregunta también me sofoca: estoy cansada de leer en poemas de instagram que la naturaleza nos acuna y nos permite los mejores elixires meditativos. No negaré esa dimensión espiritual porque yo misma medito. Pero me asombra que toda esa gente que vive en la ciudad, que no sabe ni el nombre de las plantas autóctonas, ni la particularidad de sus especies, visite el valle de Traslasierra y tenga, sin rodeos, sus iluminaciones. En nombre de espiritualismo comercial, un carrero es criminal con los animales  y yo misma, bajo la luz de esa linterna que enjuicia y es pura, una cómplice febril del neoliberalismo. Y ustedes, lectores, vaya a saber cuán poca cosa orgánica comieron en este tiempo. Esa mirada de “el mal son les otres” nos corre del entramado complejo del que no estamos afuera: mal que nos pese, la gente de izquierda también es el neoliberalismo. Pero no como esencia sino como relación. El neoliberalismo nos impone una relación no con las cosas, si no de las cosas: todo es pasible de ser consumido. Hasta el amor.  Clara Obligado, en el ensayo que aquí comentaremos, toma prestado el término capitaloceno para referirse a esto mismo: “condición del planeta a partir de conceptos como colonialismo, industrialización, globalización, capitalismo, patriarcado. Lugar desde el que podemos escribir nuestro futuro como especie”. Pero el neoliberalismo tampoco es un destino: es por eso que más que estar afuera, si se me permite, es ver qué hacemos con él adentro. Metides hasta el fango de sus lógicas perversas: cómo ser alguien a pesar de él.

 

III

La deriva

 

Pero ¿qué tienen que ver una mujer llamada Juana, con la gente newage y estas notas de lectura? Su vínculo con la naturaleza. Aquí vamos. Hasta hace no mucho tiempo, a  mitad del siglo XX, los escritores más reconocidos nos hubieran tildado de rurales a todes nosotres y sin pretensiones de halagarnos. Nos acusarían de parecernos a Ricardo Güiraldes y un poco tendrían razón. De la gente blanca que hace ofrendas a la pacha pero nada sabe de las culturas que inventaron esos rituales ni respeta la dimensión sagrada de sus saberes, mucho más. Esto de afanarse de la vida natural que lleva cada une es más bien nuevo. Una pose de la época, podríamos decir. Pero resulta que las militancias ecologistas y feministas han pulsado estas otras preguntas: cuestionarnos desde lo íntimo hasta lo social, desde lo social hasta lo ambiental. Y aunque todas estas categorías parezcan dispersas, se imbrican hasta confundirse casi en ejes amalgamados.

Hace poco vi que la poeta entrerriana Belén Zavallo recomendaba la lectura de un ensayo: Todo lo que crece. Naturaleza y escritura de Clara Obligado. Leo mucho por recomendación: puedo dudar de muchas cosas menos de la recomendación fervorosa de una lectora.  El libro no se consigue impreso en Argentina, así es que tuve que vencer mi fundamentalismo del papel -otra vez talando árboles, Camila- y comprar el ebook. Me envanlentoné tanto con la lectura que ese libro fue el inicio de una relación con el ebook en general. Su autora escribe un ensayo sutil, que reúne la pregunta por los vínculos entre la naturaleza y la escritura en dos lados del mundo que ella da en llamar Sur y Norte. La naturaleza en Argentina y la naturaleza en España. En medio, un montón de asociaciones en torno a textos literarios, amores, política, familias, plantas, animales y biografía.

 

IV

Los paisajes

 

Cuando me vine a vivir a Río Cuarto el cambio en el espacio me pareció abrupto. Por eso días no podía nombrarlo, pero la llanura me retuvo llana durante al menos dos años. Extrañaba a mis padres, a mis amigas, extrañaba las sierras. Los varones de los que una podía enamorarse eran cazadores. Muchas compañeras de universidad eran hijas de terratenientes y no podían entender cómo una ñoña como yo se la pasaba todo el día leyendo. Además de que leer es mi vida entera, o una parte enorme de ella, estaba triste. Lo único que me hacía feliz era hablar de los libros, que me sacaban de esa vida chata.  Y lo peor: no tenía plata, llevaba una vida austerísima, como muches estudiantes, así que tenía que recibirme pronto, porque mis papás no podrían mantenerme muchos años más. Vivía en el barrio Universidad, que entonces era la frontera entre el campo y la ciudad. A unas pocas cuadras del río que hoy tiene una reserva que lo resguarde, la Reserva Chocancharava, el último reducto con espinillos y algarrobos en esta ciudad desolada de desmonte. Vivía lejos del glamour de la ciudad y de los boliches.

Por suerte, pronto abandonaría esa postura de vístima y dejaría de esperar que la llanura me provea: la tierra es de quien la trabaja. Así, la militancia me daría unos frutos maravillosos, como la amistad; y otros amargos, comos las desilusiones. Y otros terribles: como la mezquindad y los intereses.

No creo que alguna vez pueda responder cuánto de vida en el monte y vida en la llanura hay en mi escritura. Una no es capaz de ver la escritura propia. Nunca se sabe, además,  hasta cuándo el bicho de la palabra picará en las orejas, en los dedos, en los desvelos. Pero creo, sin dudas, que algo me hicieron.

Esta misma pregunta, hace unos ciento y pico de años atrás, hubiera fundado uno de los prejuicios más grandes de la historia argentina: el determinismo. Esta idea por la que una persona se parece a su tierra: donde no hay ciudad, no hay nada, no hay sentido, hay salvajes. Donde hay nada, hay nadie. Se puede matar, se puede reducir, se puede conquistar el desierto.

¿Cómo podemos preguntarnos hoy por los vínculos entre sensibilidad y naturaleza sin incurrir en determinismos?, ¿sin creer que somos buenes porque cosechamos una huerta y enunciar al resto como salvajes por no hacerlo? Quizás me importe poco el vínculo “real” entre naturaleza y escritura. Creo que lo que me importa es el sentido poético entre naturaleza y escritura: qué imágenes ordinarias vimos con tanto fervor que hicieron un agujero en nuestro corazón de niñes. Qué sonidos son nuestra casa. Qué olores. Qué criaturas hurañas y chúcaras salen a nuestro cruce. No podemos contar historias sin espacios ni tiempo: son dos de los elementos básicos de la narración. El espacio nos aloja, sobre él podemos contar nuestras historias, podemos inventar nuevas, podemos volvernos a mirar. El tiempo madura las preguntas: por suerte no nos preguntamos hoy por la naturaleza con los mismos intereses con los que lo hacían Sarmiento o Roca.

Ojalá no nos confundamos tanto: no nos disipemos en el salvajismo de les otres, teniendo nosotres un propio corazón también cruel, también desolado.

 

V

Las citas:

 

“Sí, felizmente el lenguaje es una cosa escrita, un trozo de corteza, un pedazo de piedra, un fragmento de arcilla en el que la tierra aún continúa existiendo” dice Maurice Blachot, según dice Clara Obligado. Y dice Clara Obligado: “Destrozamos la naturaleza para vivir y la vez fantaseamos con volver a la madre tierra, que nos cobijará y nos hará felices”.

Emmanuel Coccia, en  un ensayo que leí hace muy poco, propone retomar una noción de naturaleza de la tradición antigua: “(…) naturaleza designaba no lo que precede a la actividad humana ni lo opuesto a la cultura, sino lo que permite a todo nacer y devenir, el principio y la fuerza responsables de la génesis y la transformación de no importa qué objeto, entidad, cosa o idea que existe y existirá”. Y la bióloga trans colombiana Brigitte Baptiste sostiene que “(…) toda ecología es queer porque implica definir una posición en el mundo. La idea de “ecología queer”, más divertida e incluyente, y menos rígida en sus narrativas, viene de la teoría literaria y hace énfasis particular en la innovación artística y en la creatividad. Mezcla las identidades orgánicas de los animales y de las plantas con la construcción de identidades culturales o personales, donde las relaciones son fundamentales: el cambio proviene de la capacidad de construir relaciones.”

Volviendo al libro de Clara Obligado, la autora afirma: “La primera lección de feminismo la recibo de los ñandúes, esas aves nacidas del maridaje de un pájaro y un caballo (…)”. Y sigue: “Los ñandúes son polígamos y, cuando llega el momento de la reproducción, construyen un nido donde todas las hembras ponen unos huevos tan grandes que con uno solo se podría preparar una tortilla para seis. Superada esta laboriosa tarea, ella se olvidan de todo y charlotean por ahí. Ahora, en una curiosa paridad natural, el macho se ocupa de la incubación y de la crianza”.

En Todo lo que crece la autora va esbozándose preguntas: cuál es su territorio, cuál es su animal, cómo son sus raíces. Una vida marcada por el exilio y la violencia de un país sobre sus migrantes -la del país que expulsa y la del país que recibe,- una naturaleza híbrida fue afectando la vida de la escritora. Nombres, paisajes, comidas que se pierden o que cambian. Una lengua que parece la misma pero es tan distinta. Nuevos miedos: el terror a que todo un país, todos los bosques nativos se prendan fuego. El campo de antes, en el que se crió; y el campo de ahora: el monocultivo.

Clara afirma: “No puedo dejar de comparar la escritura con la naturaleza, mis estrategias literarias se acercan cada vez más a ella, es la dueña de una economía impecable, todo se reutiliza y lo que muere se convierte en abono”.

 

VI

Lo otro

 

Aprender y enseñar a leer es mucho más que consumir literatura. La lectura es anterior a la charla y ocurre, sin embargo, mientras tanto. No podemos evitar pensar con/ en contra de / a raíz de otres. Si la erosión es algo que podemos leer en el territorio, ¿qué se puede leer de nosotres en el territorio?, ¿y viceversa?, ¿a qué crueldades lo sometemos al espacio?, ¿qué de eso no es una crueldad hacia nostres mismes?

Quizás todos estos sentidos -naturaleza como madre, naturaleza como revelación, naturaleza como edén- sean también posibles de acuerdo a experiencias culturales. La escritora ecuatoriana María Fernanda Ampuero dice algo terrible en su cuento Biografía, que muestra el reverso de estos sentidos armónicos: “Dios no ama, los hombres matan, la naturaleza hace llover agua limpia sobre los cuerpos ensangrentados, el sol blanquea los huesos, un árbol suelta una hoja o dos sobre la carita irreconocible de la hija de alguien, la tierra hace crecer girasoles robustos que se alimentan de la carne violeta de las desaparecidas”.

Somos humanes porque tenemos lengua. Tenemos lengua y con ella proyectamos un sentido a las pedradas sobre la nada inmensa de la vida. Sin sentido, enloquecemos, pero el sentido se escurre. Si me apuran, digo contra cierta pose humanista, que seguro hay una inteligencia que no es humana: de las flores, como apunta el famoso libro, de los bosques, de los animales. El error, quizás, es buscar lo humano en “lo otro”. ¿Por qué ese empecinamiento en lo humano?, ¿cómo es que unos occidentales podemos llamar madre a una naturaleza que desgarramos?, ¿no será que también desgarramos, en múltiples sentidos, a nuestras madres?, ¿con una madre no nos peleamos, no nos alejamos para poder crecer?, ¿no será más provechoso que eso otro fuera, en nuestros términos tristemente occidentales, otra cosa menos humana, capaz del derrumbe, del alud, pero también de la floración, de la primavera, del atardecer? La moral es nuestra. Dejemos de propulsarla hacia todos los órdenes. Donde hay moral no hay buena literatura. Donde hay moral primero, no hay diálogo, no hay escucha. No estoy hablando de una ética, no hay que confundir dogmas con acuerdos ciudadanos para poder vivir en comunidad.

 

VII

Las lecciones no eruditas

 

¿De dónde habrá aprendido mi nona Juana ese coraje?, ¿qué criatura fabulosa de la pampa la empujó, contra el hambre y el maltrato, a fugar de la violencia? Conocí poco a mi abuela Juana. Quedaron de ella historias hermosísimas. Quedaron fotos: ella en el manubrio de una moto refulgente, un hombre detrás suyo, el Óscar, unas sierras de fondo.

¿Cuál sería el paisaje de Juana, ella que sembraba girasoles en un patiecito ínfimo, en plena ciudad? Ella, que criaba el chancho en el mismo patio. Lo engordaba para navidá. Me gusta ese animismo de los feminismos, esa potencia poética de una ñandú, de una flor. Imágenes ordinarias, llenas de belleza en medio de las vidas comunes. Mi Nona fue hasta segundo grado y no sé si alguna vez supo qué era ser sufragista. Votó, sin embargo, el corazón de las obreras e infundió a su hija el amor hacia Eva. Si le hubiera hablado de feminismo, quizás hubiera dicho “todas esas son unas exageradas”. ¿Cómo se escriben las abuelas? O mejor, ¿qué escribe más a una persona: un acto fundante, en el que crece una poética de vida?, ¿o las cosas polémicas que es capaz de decir?, ¿habría que elegir entre uno u otro?

Clara Obligado dedica algunos párrafos al paseo:  “Salir a pasear es algo que hacemos desde hace poco

tiempo, a nadie se le ocurría pasear por el espacio exterior antes del siglo xviii, el pavimento, la seguridad o la higiene no lo permitían. Se paseaba, claro que sí, dentro de las pautas del jardín o bajo los soportales del patio, era una posibilidad exclusiva para una clase social.” Piensa que el paseo no es lo mismo para todos los géneros o para todas las comunidades.

He tomado esa idea como un préstamo y paseado, como ella, por la propia biografía, por los propios territorios, con las preguntas que la autora se hace. Pienso que un libro que me deja no sus respuestas, sino sus preguntas, es entonces un buen libro. No he logrado quizás una buena reseña o una reseña convencional: he divagado. He paseado por el texto.

 

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