Leer Feminista

El inicio de una conversación con el paisaje

Notas de lectura de Los Llanos de Federico Falco

por Camila Vazquez

 

Cuando los gauchos habían muerto como sujeto político y pasaban a ser mano de obra barata, peones de campo, ¿quiénes escribían las novelas rurales? Los gauchos claro que no. Apenas si alfabetizados, eran dichos por el blanco, el ilustrado. Desde antes, con la emergencia de la literatura argentina hasta después, con la novela rural, pasando por la renovación narrativa, el campo se fue haciendo de lecturas reificadas y forzadas: que el campo es mar, acuerdan Sarmiento y Echeverría; que cada pueblo es igual a cada pueblo, como diría mucho mejor que yo el viejo Borges. Que escribir el campo, la llanura, el desierto -para el blanco de entonces, daban lo mismo las variables geográficas y sensibles de cada territorio- era escribir la salvajada del Otro, el genocidio en nombre del progreso. Y como si fuera poco, escribir el campo, era entonces -¿puedo conjugar en pasado?- llenarse de deseo por la vida de ese otro hasta querer comerlo, hasta hacerlo desaparecer, hasta reducirlo. Digamosló, que el deseo no es patrimonio de nosotras únicamente. Y que el deseo no es puro ni moral. Escribir, según lo pienso, bajo el influjo de Roland Barthes, es una práctica deseante. Un gesto rudimentario de piedras cuneiformes marcando un sentido sobre la nada. Los blancos también escribieron. Los blancos nos escribieron. Y aniquilaron en sus imágenes del otro sus particularidades, sus brillos, sus relieves. Así, indio, gaucho, llanura, fueron a parar a la maquinaria ilustrada de representar el país.

Pero hablábamos de las novelas rurales. Esa categoría ha quedado ligada al costumbrismo, a la repetición de historias de progreso: el peoncito que se hace terrateniente, el amor por las Chinas, el terrateniente que viaja a la ciudad. Bajo el adjetivo rural muches escritores del interior hemos sido -¿puedo nombrarme escritora?- reducides a ese mar de homogeneidad que se nos quiere imponer. Que el interior es todo igual, todo pueblerino, que allí “no pasa nada”, es aburrido, es estático, es el desierto. ¿Por qué a les escritores de la ciudad no le llamamos escritores urbanes? La ciudad es el territorio no marcado, lo que parece por fuera de la costumbre, el autodesignado corazón de la vanguardia. Macanas. Puras macanas.

Toda esta introducción viene a colación de la lectura que me trae hasta aquí, Los Llanos (Anagrama, 2020) , la novela con la que Federico Falco, un escritor nacido acá nomás, en Cabrera, resultó finalista del premio Herralde de Novela. Las lecturas más repetidas sostienen que en Los Llanos se narra un duelo, el de Fede después de pelearse con su novio Ciro. Se dice que es una novela sobre el duelo, que es “un poco autoficcional” y que es un texto en el que no pasa mucho. Una novela sobre la paciencia y las huertas.

Sin interés por desmentir esas posturas, pero con el afán de traer aquí la lectura particular que me mueve, anotaré algunas preguntas y ensayaré algo como ¿respuestas? Hipótesis, digamos, para sonar menos ambiciosa.

Vengo escuchando esta idea de que los talleres de lectura no sirven, que solo sirven los de escritura, que para leer, leemos solxs. Es cierto, cualquier persona alfabetizada puede leer por su cuenta. Pero como tallerista de espacios de lectura y como docente de Lengua y Literatura, aseguro, si se me permite la aseveración, que las lecturas que importan para construir ciudadanes son las lecturas colectivas. La crítica, eso que parece una institución intocable, hecha de gente interesante y progre que da notas para los medios hegemónicos, no sería nada sin las lecturas reificadas: sin los manuales escolares, sin los suplementos culturales y, hoy en día, de las redes sociales. De lxs miles de lectores de instagram que postean y repostean las mismas lecturas sobre los mismos textos. La crítica también somos nosotrxs creyendo en esos sentidos hegemónicos. Que, claro, no podemos hacer a un lado o suponer que no existen, porque son instituyentes. Entonces, ¿les lectores somos tan autónomxs como nos proclamamos?, ¿la práctica de les profes de literatura en escuelas y talleres no sirve de nada?  No siempre se quiere ni se puede leer a contrapelo. Anoto esto porque yo no estoy afuera de las lecturas habilitadas. Estudié Letras, es decir, a veces una carrera hecha de lecturas habilitadas. Tampoco incurriré en el gesto hiperpostmodernista de pensar que cualquier lectura es legítima. Como quizás podría señalar Paul Riccoeur, el ejercicio de la interpretación se hace a partir del texto, no forzando sobre él lo que él mismo no dice.

Todas estas ideas que parecen dispersas y quizás lo sean -campo, lecturas habilitadas y ejercicio de lectura en comunidad- se reúnen en el punto neurálgico que es Los Llanos. Intentemos unir todas estas astillas.

Mientras leía la novela muchxs amigues me hacían comentarios: “ a Los Llanos le falta chimi”, dijo uno. Una amiga de Paraná me dijo “pero en Los Llanos pasa de todo, todavía extraño esa lectura”. Otro trajo a colación esta idea más o menos aceptada que es que Los Llanos es llana, en tema y en sucesos. Estas lecturas, acuerde o no con ellas, son las que me importan. La lectura de lx lectorx apasionade o hastiade del texto.

¿Qué es acontecimiento?, ¿qué vidas importan al país?, ¿qué campo es el campo según qué identidades lo cuenten?, ¿cómo suena?, ¿cómo huele?, ¿cómo se sufre allí?, ¿cómo se pasan los días?

El narrador y protagonista de la novela se encuentra atravesando un duelo. Después de una separación abrupta, debe dejar la casa que construyeron en parte juntos con Ciro. En un arrebato, Fede, el protagonista,  se muda a Zapiola, un pueblo de cosechas en el conurbano, en la frontera entre el pueblo y el potrero. De a poco, lxs lextores nos enteramos sobre esa familia, sobre su huerta, las flores y los frutos de estación, las pequeñas violencias -o enormes- violencias que teje cada familia, el desarraigo, la soledad. La vida por fuera de las ciudades.

 A priori, parece que la voz narradora de Los Llanos cuenta despacio. Construye oraciones repletas de acciones sin demasiado juicio sobre lo que enuncia: Bichos canastos en las verbenas. Polvo asentado sobre las hojas. Huellas de pájaros en el guadal del camino (p.79). En ese sentido, parece de común acuerdo esto de que “en Los Llanos no pasa nada”. En contraposición a esto, acordaré con mi amiga Rocío, que dice que en Los Llanos pasa “de todo”. Pero ¿cómo es ese “de todo”?, ¿qué es que pase mucho y según quién? Federico, el protagonista, atraviesa un duelo. Sin embargo, del dolor sabemos poco: vamos ingresando en él a regañadientes. ¿No sufre Federico porque no lo dice? En esa supuesta pausa o lentitud sobre la cual también hay acuerdo, aparece sin embargo, una compulsión paradójica: para borrar el dolor, podemos arriesgar, Federico siembra y cosecha. Siembra y cosecha. Yo en el paisaje. Yo en la llanura (…). Era un espacio donde me podía encontrar a mí mismo. Era un espacio donde podía leerme. El inicio de una conversación con el paisaje (p. 78). Les lectores sabemos a través suyo todo sobre las zinnias, los zapallos, las semillas que no crecen, la rúcula que se chuza, el árbol que se ladea. Una compulsión por contar otra cosa, por abrir un registro que no sea el de la autocompasión en el que nos sumimos a veces las personas que amamos cuando alguien nos deja de amar. Los momentos de huerta son los que prevalecen en el texto, los diálogos con Luiso. Sin embargo, el dolor se abre como rayo en el campo de Federico. Así se filtran los recuerdos: los de la familia, los del amor. ¿Qué pasa cuando no pasa nada?, ¿la angustia es la ausencia de sucesos?, ¿y si lo que le ocurre a alguien es una tristeza profundísima, un dolor agudo? En uno de los diálogos más hermosos y vivaces del texto, el protagonista charla con Luiso, el hombre que trabaja en el campo donde vive Federico, se vislumbra algo del acontecer del campo: Un carancho, dijo Luiso. Seguro fue un carancho. ¿Tenía el lomo mordido? Dije que sí. Has visto, fue un carancho. Se ve que andan hambreados. ¿Ya ponía huevos la gallina?  (p. 194). Hay en la supresión del dolor -el dolor que se recorta, que no se exhibe- y en la prevalencia de la huerta, por el contrario y según leo yo, un realce del sufrimiento. Y un gesto de lo más humano: sobrevivir. Algo que aprendí escribiendo poesía es que, a veces, eso que creo lo más importante del texto, no debo decirlo. Debo sugerirlo y, a menudo, extraerlo. Aunque me duela en el ego.

Vale preguntarnos, además, qué supone que en un texto pasen cosas. Es cierto que esta novela no es de lectura ágil. Es casi ensayística: a la par del dolor y de la huerta, el texto introduce metarreflexiones sobre la escritura. Si se me permite, afirmaré que extrañaba desde Rayuela esos lapsos en los que la literatura se vuelca sobre sí. Pero, a diferencia de los intelectuales porteño-parisinos, acá, quien reflexiona sobre la escritura, es un narrador chuncano. Volveré sobre esta idea. Es una lectura poética: hay una potencia en la representación del territorio que allí se hace que proviene, opino, de un conocimiento profundo sobre el mismo. Vuelvo sobre las preguntas iniciales: ¿cómo es el campo de los sujetos particulares, cada campo? Los campos. Los Llanos. En plural. No la universalización del campo. Este, el de Falco, es un campo que abre el tiempo de los ciclos y las estaciones, es árido y feroz. No todo vive, no todo brota. Se inunda. Arrasa el viento. El calor letal. Por eso, también, la escritura es pausada: contra la inmediatez, el fulgor del instante, este texto se saborea de a poco. Tiene momentos de enorme belleza en la minucia. Ya no la grandeza del campo del genocido, del campo de frontera contra el indio, del campo épico. Este es el campo del duelo de un narrador gay que encuentra en el detalle, en las plantas y los frutos, una minucia sobre la que sorprenderse o incluso frustrarse. Un contacto con el afuera, con seres vivos que no son humanos, pero sacan del ostracismo al protagonista. Un afuera pausado, regido por sus propias reglas. Un tiempo para la siembra. Un tiempo para la cosecha. Un tiempo para la llovizna. Un tiempo para la sequía. Un tiempo para aprender a esperar el paso del tiempo (p. 19). Reglas que no son las de la ciudad, del evento masivo, del verdadero acontecimiento. Es detenida la lectura de este texto, decía, creo que también porque narra un duelo. Ese abismo que parece interminable en el que nos desgarramos por dentro e igual trabajamos, nos juntamos con amigues, escribimos, leemos y hasta conocemos otras personas. Por los días que corren es común concebir los duelos como patologías, momentos de los que hay que salir cuanto antes, no hay espacio para la angustia, para la pausa, para la pregunta. En Los Llanos, sí. No sabemos, finalmente, si el narrador sale o no del duelo. Tampoco importa. Por supuesto que el dolor del duelo es de lo menos deseable. Pero es de las experiencias más humanas que nos toca vivir. Alguien que leyó la novela me comentó que hubiera preferido leer más sobre el dolor del protagonista. ¿Pero cómo dolemos cada duelo, cómo nos dejamos afectar por la ausencia del otro? Una forma de dolor puede ser tener una huerta. Puede ser no tener un gran aforismo para afirmar sobre el desamor.

Otro aspecto que cautivó mi lectura fue eso que antes llamé narrador chuncano. En la Villa de Merlo, el pueblo en el que crecí, se usaba ese término para referirse al pajuerano, digamos. Al pueblerino, a la calma chicha y los dichos particulares. Quisiera quitar el juicio de valor que liga chuncana a novela rural o costumbrismo. Quiero decir que el narrador no enuncia en una lengua neutra, en una asepsia lingüística fácil de traducir. El narrador dice chuzar, dice ladeado, putea. Dice ya se pasó la glicina. Porque en este territorio las plantas no son un adorno: son un acontecimiento.Maneras de nombrar el tiempo del día/ A boca de noche/ A la nochecita/ A la hora del mate/ La tardecita/ Cuando despunta el sol/ Cuando se pone el sol/ Al clarear (p 129) En Los Llanos se juega toda una política de la literatura: un narrador gay no cuenta la acechanza de los grandes onvres en el campo. Cuenta el desamor. Cuenta la angustia. Para contarla, la sustrae. De la épica a la minucia, este protagonista abraza la particularidad del territorio y de su lengua y enuncia desde allí. Otros textos señalados como residuales, como Enero de Sara Gallardo, alojaron en sus pampas el dolor de las protagonistas. Con las luchas sociales vamos ganando territorio: no para matar, no para desplazar. Para contar la pena de las mujeres que quieren abortar y no pueden, para rastrear los signos de la violencia en ese mismo campo, para contar el desamor. Quizás no con las mismas operaciones, pero ya que en estas notas de lectura apostamos por la creencia en la lectura es algo que se ejercita y que en ella se debaten formas de percibir el mundo, ejes de visibilidad, dice Ranciere, opinamos que este texto puede enlazarse a una tradición de lecturas a contrapelo del campo de los letrados y terratenientes. El campo de las paisanas, el campo marica que no se proyecta necesarimente desde un tono militante, posturas que a veces se exigen con injusiticia sobre las identidades que se corren de la heterosexualidad. Pero en la minucia del campo hay toda una política. El desamor no es épico, es mínimo. Es pausado.

¿Qué es, entonces, la nada que pasa en Los Llanos?

 

 

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