Actualidad Leer Feminista

Balada de los guadales

Notas de lectura de Soy una tonta por quererte de Camila Sosa Villada

por Camila Vazquez

 

Volvamos al desierto. Vamos a refundarlo, a mirarlo otra vez. Vayamos a sus montes, a sus planicies. Escuchemos su corazón. ¿cómo sopla?, ¿cómo canta ahora? ¿por qué suena I´m a fool to want you de Billie Holliday?, ¿cómo es que  canta una balada y de quiénes son esas voces?, ¿vienen del futuro?, ¿del pasado?, ¿qué tiempo remoto es en el desierto, todo el tiempo en el desierto?

 

La escritora Camila Sosa Villada, nacida en el mismo núcleo de las sierras cordobesas, escribe en Soy una tonta por quererte (Tusquets, 2022) 8 cuentos y un prólogo-cuento, al decir de Liliana Viola, ocho relatos que se entraman y dialogan con la historia nacional y la historia latinoamerican. Eso si quisiéramos resumir las operaciones de este libro en una sola sentencia. Este libro de cuentos hace más, mucho más que eso: hace genealogía con santas del desierto y con santas del jazz; funda mitologías y éxodos; barroca y mágica, se interna en plena conquista para traer el testimonio de la icónica y desterrada Cotita de la Encarnación; en plenos 90’, un peso como un dólar, cuenta la historia de las novias de alquiler; en el guadal, cuenta el abuso y la crudeza; en los countrys de Córdoba, la miseria de los rugbiers y la osadía de las putas.

 

Para meternos en el fango que la autora nos propone, imagino una posible agrupación de los textos por campos de sentido -por montes, diríamos-, que no sigue el orden en el que está organizado el libro.

 

Las santas

Camila abre su libro con un prólogo que lleva nombre de oración Gracias, Difunta Correa. Y allí mismo cuenta la peregrinación a la que se encomienda su familia con tal de verla bien. Un milagro que, concreto o no,  nos sitúan a lxs lectorxs frente a una tradición pagana, en la que se paga con el cuerpo el sacrificio, el pecado de ser fugitivas. Una santa pagana, parida y muerta en y por el mismo desierto, es la ventana de todo que vendrá.

 

La próxima santa es adicta, puta, fruta extraña y cantante de jazz. Se llama Billie Holliday y es famosa, como las actrices del cine de Puig, pero esta vez esclava y negra como la noche. Dos travestis latinas en Harlem se hacen amigas de la estrella de las baladas, conocen de cerca su brillo y su dolor, se cuidan mutuamente, entablan vínculos de amistad y de deseo con ella. Como en varios de los cuentos de este libro, las relaciones entre las protagonistas son ambiguas, sin límites claros. Se cuentan en su complejidad sin moralizar. En Soy una tonta por quererte, el cuento que da nombre al libro, Camila extrae el tono de las baladas y hace con eso una narradora brillante, delicada y exuberante. Pienso en el gesto de reunir en tiempo y espacio travestis latinas con una estrella del jazz, como encontrando un amparo en esa música “imposible de tararear, esos biripbududurabap (…) (p.64)”, una patrona incorrecta y desplazada, la única, sin embargo, capaz de hacer con todo ese dolor, diamantes para deslumbrar entre sus dedos.

 

El desierto

Lucio Mansilla dice en Una excursión a los indios ranqueles que “el guadal suele ser húmedo y suele ser seco, pantanoso y pegajoso o simplemente arenoso”. El primer cuento que abre el libro no es ya una oración: es una advertencia. En No te quedes mucho en el guadal un niño  huérfano de madre vive las crudezas de la vida en el monte. La hostilidad, el abuso, pero también los lazos vitales que enmiendan una vida de injusticias: el amor de un perro, el cariño de una vecina, el pacto de cuidado con su hermana. Pero el guadal, como lo sería para la madre de Martín, nuestro protagonista, es algo de lo que huir. Una enorme masa de barro que se traga tu corazón.

 

En La merienda una niña y su abuela armada hasta los dientes charlan sobre la raza: mujeres marrones que se preparan ¿para la caza o la defensa? una tarde a la hora de la merienda. Una cosmogonía de las marronas en el relato de una abuela.

 

En La casa de la compasión un clima de terror se teje entre Flor de Ceibo, la protagonista y las monjas de un convento en plena pampa. Algo de realismo mágico sobrevuela este texto cargado de simbolismo. Hay animales que ocasionan desastres en las rutas, hay una niña que se llama Magda, como María Magdalena. Hay una puta fugitiva y vínculos de extrema complejidad. Abusadores que son tíos y amantes. Monjas que cuidan y acechan. Rituales entre el sacrificio y la alabanza.

 

En todos los cuentos que revistan el desierto, el territorio opera como un lugar de enunciación: “Todo es triste y llano. Es decir: el horizonte, las rutas, el olor a muerte de los venenos con que riegan los sembrados, el largo y hondo cielo que entristece y que nunca termina de ser azul, la crueldad de los camiones a toda velocidad. (p.127)”. Y ese vínculo con el territorio, donde se inscribieron las violencias y exclusiones con las que está hecho el País, retuerce y erosiona las misma dicotomías con las que fue regado: las vuelve a contar, las refunda, las inventa en las voces de una barbarie puta y marrón.

 

 

 

 

Las putas

No es que no las haya habido en otros cuentos: están en casi todos los que integran este libro. Que es, quizás, una balada cantada para ellas, una balada de las sierras que llega hasta la ciudad. En La noche no permitirá que amanezca los bárbaros son los rugbiers y el territorio de su barbarie es el country. Pero la audacia es toda de la protagonista, que inicia y finaliza su cuento con una receta de scones, la ofrenda que cocina cada vez que la plata que consigue con su trabajo, le alcanza para hornear algo rico sus amigas.

En Mujer pantalla la protagonista nos cuenta el apogeo y el fin de su trabajo en plenos 90’: ser novia de alquiler para gays impedidos por sus familias ricachones de salir del clóset. Uno a uno, fiestas, joyas, vacaciones, desacato familiar.

 

Éxodo, fundación, mitología

Este campo de sentido sobre el libro, o este monte o esta selva, es mi favorito. Aquí leemos a una Camila de escritura barroca, que va y vuelve sobre el realismo mágico, sobre lo real maravilloso. Figuras religiosas como personajes de un cuento, figuras revolucionarias que cobran valor religioso, mágico, poético. Este eje me fascina porque aquí la escritora saca lustre a la historia de la literatura latinoamericana, la refunda, la inventa. Acá la ficción cobra su valor más político, según yo la concibo: escribir otros horizontes para las identidades violentadas, dispararlos en múltiples direcciones. Hacia el pasado, a fundar ancestras, a rescatarlas; hacia el futuro, a imaginar la propia distopía y el propio refugio, a fusionar el inicio con el fin, a escribir unas nuevas sagradas escrituras.

En Cotita de la Encarnación Camila funde la ficción con la historia de la mulata trans condenada a la hoguera en plena Conquista de América en la Ciudad de México.  Con voz florida y exuberante, Cotita cuenta la maldición travesti que reparte sobre el río Texcoco por la masacre a la que fue sometida. Una venganza poética contra la traición. Dice Cotita con barroca belleza: “Les enseñé a desear, a respirarme cerca y decirme cosas bonitas mezcladas con porquerías. Los acostumbré a la suciedad del amor, a su olor a caca, a los picores y goteos, a las pústulas, las ampollas y las fiebres, a la costra y a la roncha, a los ardores, a los cardenales que quedan después de pelearse cuerpo a cuerpo con un otro. Los acostumbré a la sangre y al aliento limpio de beber tanta agua y mascar tanta menta, a lubricar con el moco de las pencas, a comer frutas mientras con nuestro fornicio faltábamos el respeto al dizque dios y al dizque rey. Les enseñé a perder la vergüenza de estar en manos de otra persona, en cueros y con tanto apetito. Incluso les enseñé a hacer el amor en la hierba, donde yo misma dormía cada noche, bajo las hojas del plátano que debía cambiar después de cada lluvia. (p.145)”

Por último, en Seis tetas en un tiempo remoto aunque terroríficamente verosímil, leemos el éxodo de las travestis. Perseguidas y hostigadas en la ciudad, vuelven al monte del que parecen haber emergido. Reaprenden los miedos y las prácticas salvajes, dejan sus familias, sus vidas en ciudades encendidas. Escriben como cronistas los diarios de la fuga y se convierten en madres legítimas: traen hijes al mundo con el mismísimo culo que les fuera dado. Entre la distopía, la crónica y el mito, Camila sitúa a estas travestis fugitivas en un tiempo y un espacio salvajes, que parecen futuros pero a la vez ancestrales. Los vuelve categorías circulares, que se funden y se confunden. Animales y travestis se aman y se odian entre los matorrales y la vida en comunidad es la única salida, aunque no por eso menos feroz.

 

Sopla una balada en el monte, ¿la escuchan? Tiene la espesura de las montañas y es delicada e iridiscente como la joya de una estrella del jazz, como una piedra del río. Y es cordobesa y aguadalada, marrón. Tiene un rastro corporal, barroco y exuberante. Y hace algo con el dolor y con la crudeza: una canción.

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