Vine a verte, aparecida: Borradores de lectura de La mujer desnuda de Armonía Somers

Vine a verte, aparecida: Borradores de lectura de La mujer desnuda de Armonía Somers

por Camila Vazquez

 

¿Cuándo empieza una lectura? Quiero decir, ¿es posible que estemos leyendo un libro mucho tiempo antes de dar efectivamente con su existencia material? Y más: si puede leerse desde antes o en retrospectiva, ¿cuánto de la escena de lectura es el libro mismo?

 

Tengo 26 años por unos días más. Estoy leyendo La mujer desnuda (1950) de Armonía Somers en el río. Estoy en bikini y es el primer calor antes de la primavera. En mi familia se estila recibir al sol antes. Aprendí de mi mamá esa devoción por el sol. Yacer bajo su halo me genera una especie de hipnosis desde siempre: entre el sueño y el calcinamiento, un estupor como de haber sahumado hierbas, una leve confusión, un abrigo que no pesa. La edad y la ropa son importantes en el tiempo y en la escena de lectura. 

 

Leo La noche en la que Rebeca Linke cumplió los treinta años comenzó con lo que ella había imaginado siempre, a pesar de una secreta ilusión en contra: la nada. Así inicia la primera novela de Armonía Somers. No tengo treinta pero dentro de poco es mi cumpleaños y la nada está instalada en mí como un desasosiego viejo, arrastrado por siglos: los siglos, el campo, la espesura, el viaje, las mujeres mitológicas, las almas en pena, las habladurías rurales. Estoy obsesionada con estos temas, los llamo, los evoco, los persigo, los leo, los escribo.-tuve un acto fallido recién, por escribir puse perseguir dos veces, escribir es perseguir-.

 

 Un escritor del fantástico, el género que casi siempre me trae hasta aquí, Enrique Decarli, me habló de Armonía hace algunos meses. Es uruguaya y tiene nombre hermoso: Armonía. Imposible de olvidar: como Idea, como Circe, como Marosa. Llamarse como flores aunque el sentido que convoque el nombre sea de sustantivo abstracto o de hechicera mitológica. Nació en Pando en 1914, es hija de un anarquista y de una católica. Para la publicación de su primera novela, se cambia el nombre original: Armonía Liropeya Etchepare, por Armonía Somers, y trae un verano en su nuevo apellido. Se lo cambia como previendo el revuelo que traería la novela. Armonía era  una referencia en el área educativa. El rechazo pacato, las polémicas, la singularidad de su forma de escribir traerán por igual detractores y fascinades.

 

Vuelvo a la lectura. Avanzo, es de una enorme rareza esta prosa: tiene algo kafkiano. Una mujer compra una casa en el campo el día de su cumpleaños 30. Ese día la nada está con ella. Nada pasa. Decide atravesar desnuda la espesura: una aldea, una iglesia, un río. Así lo enumera Elvio Gandolfo en el prólogo a la edición de La mujer desnuda de Cántaro de Piedra. Por si fuera poco, Rebeca Linke se corta la cabeza -¿con una daga de ficción?- y luego resuelve que no se puede seguir sin ella. La cabeza que  había rodado como un fruto se entrecruza con la naciente cabeza sazonada como amapola, al decir de Somers. De aquí en adelante, las preguntas: ¿qué mujer es Rebeca Linke?, ¿es ella sola?, ¿qué mujeres son Rebeca Linke?, ¿desde cuándo está en el mundo?, ¿por qué infunde un deseo telúrico, como salido de la tierra con que está hecha, en los hombres del pueblo que la aman y la odian?, ¿es que toma ella el cuerpo de sus mujeres por las noches?, ¿es que alucinan los patriarcas y es ella también como una virgen como una madonna como la única salida del núcleo de la tierra, con el deseo de todos los siglos a cuestas?, ¿es un mito de niñxs?, ¿una fábula popular?, –Eva, Judith, Semíramis, Magdala. Y un hombre que soñó con mi pie, que le excedía en siglos, me llamo Gradiva, la que anda.-

 

La prosa es un constante sucederse de imágenes, personajes y paisajes: lo fantástico está dado allí sin dobleces. Absurdo, en un mismo plano:  dos mellizos, un cura, un amor. Algunos gozaron con ella, otros la desmienten pero la desean fervientemente, otros la buscan para matarla como a las brujas, otros la traen en su forma de mito: Para entonces, la mujer desnuda estaba en todas las bocas. El comisario, el cura, los chicos de la escuela, pedían o inventaban datos. 

 

Caótico, el narrador focaliza caprichoso y ágil sobre los personajes: los movimientos sensuales de nuestra mujer desnuda, las peleas de las parejas a causa de dicha mujer, los dimes y diretes del pueblo sobre esa mujer. Una compañera del taller literario que coordinaño, Las Invitadas, le puso un nombre hermoso a este procedimiento de Somers. Según Cecilia Dandrea, lectora brillante, Armonía derrumba -verbo que le robamos al cuento El derrumbamiento, de la misma autora- su escritura. Algo empieza descriptivo y pausado y se vuelve ágil y tenso. El clima extrañado, el desorden en el pueblo, en los hechos, en la prosa ¿qué ocurre en La mujer desnuda?

 

Vuelvo a la escena: leo en el río en bikini y tengo 26. Unos hombres hacen deporte y de toda la desolación que es un día de semana esta parte del Chocancharava, tienen que sentarse cerca. No dicen nada. Agradezco. Su sola presencia me incomoda. Leo la novela de refilón porque la siesta y los hombres me ponen alerta. Voy por la parte en la que se organiza un ejército de salvajes para derrocar a la mujer desnuda. Cierro el libro y me voy.

 

A Rebeca Linke nada la detiene: ni la historia, ni el orden temporal -como procedimiento y como línea sobre la que parece que se asientan los hechos-. Los hombres quieren matarla y tenerla. Ella no teme: disfruta con ellos en infinito placer. No entendemos cómo. Volvemos a las preguntas de hace algunos párrafos. Aparece en sueños, en chismorreos -a veces, tan parecidos-, pero es concreta, ella es posible: tal es la clave del fantástico según Susana Reisz. Ni natural, ni inesperado, posible. Ocurre, no hay metáfora o la metáfora aparece primero en el sentido, en el desesperado gesto de les lectores, pero se escabulle y nos queda apenas esta mujer desnuda atravesando el campo, infundiendo el deseo desesperado, el odio, el machismo atroz. Rebeca Linke existe porque no hay nada. Solo porque hay la nada, hay lo absurdo, lo fantástico: ¡una mujer desnuda en medio del campo! Se quedaron inmóviles, con los pescuezos tendidos al máximo. Ni árbol ni fantasma. Era una criatura femenina de verdad, con el pelo largo suelto y los brazos caídos. 

 

A diferencia de Rebeca, de ancestral solo tengo el miedo. Pero sueño y escribo esta mujer desde antes de leerla. Ahora pienso que escribirla era un modo de estar leyéndola. Aquí no hay genixs creadores, hay inconsciente colectivo, símbolos, mitos que insisten, la literatura del pueblo inscripta en el paisaje. Rebeca Linke, más que mujer, me gusta ensayar, es una aparecida: llega inesperada, genera revuelo, conmoción, crisis de la fe, de la razón, de la institución matrimonial. Tiene la espesura de los fantasmas o de los sueños y es concreta como ellos mismos a la vez. De las aparecidas, también, tiene don de convocar susurro: que se hable de ella, que se murmure. 

 

Vuelvo al desacomodo temporal, el de la vida misma que es a veces el de la literatura: ¿leer es apenas el acto de estar dispuesta nuestra vista frente al libro?, ¿o los retazos de la memoria, las asociaciones libres y espontáneas, un fragmento de película, una imagen de infancia hacen a la lectura antes y después de los libros? 

 

Jorge Drexler, otro uruguayo, canta La aparecida – como Armonía con La mujer desnuda, este es el primer tema que él escribe-. La canción refiere a una leyenda popular de las costas de Rocha: Dicen que vuelve cada marzo/ Que canta cuando ya no hay luz /Y desde la Playa del Faro/ La vieron flotar hacia el Sur. Y también: Me tiré solo hasta las dunas/ Con la primera oscuridad/ A verla andar sobre la espuma/ Toda mentira y de verdad. Y sigue: Vine a verte, aparecida/ luz del mirador/ música de las mareas, dame tu canción. 

 

Yo nunca fui a Uruguay. No conozco sus costas, ni sus campos. Apenas a sus maravillosas poetas, Idea  Vilariño, Circe Maia, Cristina Peri Rossi.  A sus narradores: Felisberto Herández, Juan Carlos Onetti. Y no mucho más. Pero leo a Armonía y me fascino con su rareza: de las prohibiciones históricas, de la nada de las mujeres, crea un mito hecho de evas y diosas paganas. Es incómoda, no se entiende y no se debe entender con facilidad esta lectura. Insisto, no hay metáfora, no hay doblez. Me gusta el fantástico arrojado, que no necesita velamen porque se sabe dentro del mundo. Armonía pone en su mujer desnuda el desenfreno, la sensualidad feroz -de cazadora, para citar a Gabriela Borelli-, el sexo sin tapujos, el erotismo de bestias, con los animales, con los árboles, la violencia del sexo, los bordes entre el pacto de placer y la violación, la condena, el desenfreno por una mujer y su contrara, el deseo de que se muera. De apalearla y prenderla con antorchas. Todo en un mismo eje sin avisos ni perdones.

 

Gabriela Borrelli sostiene en algunas entrevistas que Armonía Somers debiera pensarse como una de las voces más importantes de la literatura latinoamericana. Que es preciso trazarle una genealogía -que siempre es arfefacto- con otras de las voces más icónica de la mirada feminista: Virginia Woolf, Djuna Barnes, entre otras. 

 

Se dice de Armonía que cosecha una literatura erótica, surrealista, se la disputan los géneros raros: el fantástico, por el que yo me inclino -me reverencio- y el realismo mágico-. Estas aguas de los géneros no están del todo divididas, se prestan los cauces entre en sí. Me interesa, además de leer las operaciones de los géneros narrativos, detenerme un instante en el erotismo de esta novela. Es cierto que es un texto eminentemente sexual. Pero creo que lo erótico aquí va mucho más allá.  El erotismo en estas tierras remotas de La mujer desnuda es complejo -como posiblemente, el deseo de todxs-. Desde el gesto más violento y machista: Lo que me decías cierta noche, ¿no?, hace treinta años, cuando dejaste el ramo de flores sobre la mesa y yo te desgarré tu apretado vestido blanco. Esa vez supiste engañarme. Pero aquello era calentura de verdad, vieja perra, tenías como brasas disimuladas bajo la pinocha, zorra maldita.  Hasta el brote sensual de los recuerdos lésbicos en las esposas, que erotizan a los mismos patriarcas: Claudina se conseguía un permiso para tomar agua o un remedio, o para obtener algo en préstamo del otro grado. “¿Y luego?”, preguntó él apretándome el brazo como si fuera a conseguir todo lo demás que se proponía con ese sistema. “Y luego nos besábamos tras un árbol… Qué lejos todo aquello, pero no me tortures más”. Una mujer puede desearse a sí misma. La cofradía de machos puede permitirse, por primera vez en la historia, el sueño bisexual de desear en manada a esa mujer: -¡Y ahora a ella, a la fiera desnuda!-. El erotismo es de bestias en este libro. Una mujer desnuda puede estar enlazada a los ríos, a los árboles, a otros animales: Mientras bebía la leche, iba cayendo por los bordes como una cascada. (..,) -Grisalba- dijo al fin reteniendo el cubo sobre su pecho- ya lo sé, lo he visto aquí adentro aunque tú no lo creas (…). A pesar de nuestro súbito amor, tú ladrarás en cuanto yo pretenda abandonar la casa. ¿No es la verdad, no es lo que venías pensando? Pero escucha: acompáñame por lo menos hasta la parva. Quiero tener un poco de sombra antes de que me asesinen.  O bien: Visto aparecer así, de golpe, el río le sugirió algo más de lo que emanaba de la definición corriente. Un largo ser vital acostado sobre su espalda, y sobrellevando eso tan solitariamente indescifrable que disuelve la médula. Y el erotismo se traduce, también, en el deseo feroz de esta mujer.  A la violencia que los mueve a los femicidas, le gana por primera vez, el deseo de La mujer desnuda, que no solo desea y domina, sino que puede más que ellos mismos, los estupefactos. 

 

Pienso que cerca de la publicación de La mujer desnuda se publica en Argentina Enero (1955), de Sara Gallardo, la novela que funda nuestro derecho a abortar. Pienso en los fervores epocales, en cómo la literatura recepta las luchas que se consagran después y cómo algo se dice desde tantos años antes, cómo se venían leyendo estas mujeres que nos preceden.

 

 En la novela de Somers, asistimos a la cosmogonía propia de una mujer de 30 años, a sus días de resurrección hereje, y, finalmente, ¿a su disolución? Joya extrañísima La mujer pero sobre todo, una obra que nos provee de mitos. Si no están en las sagradas escrituras, o si esos mitos no nos alcanzan, que nuestro panteón tenga mujeres sin cabezas y vueltas a poner. Deshechas y rehechas por ellas mismas, nuevas como vírgenes sensuales en el mundo, feroces en su capacidad de despertar el deseo, cazadoras de hombres, primera mujer.  Que la literatura nos alumbre donde falta el mito, esa huella borrosa antes del lenguaje, que se nos filtre en la mirada.

 

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