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María Teresa Andruetto: Lleva tiempo esta marcha

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Como cada viernes «la Tere Andruetto» comparte su columna «Gente conmigo» en el programa matinal de Cristian Maldonado y equipo: «Nada del otro mundo» (102.3, Nuestra radio)

Hoy nos ha dejado especialmente emocionadxs.

Su capacidad de contarnos nuestra propia historia, desde su noble palabra, es una delicia de esas imperdibles.

Para quienes no la oyeron hoy se la compartimos.

Y nos la compartimos, a esta Tere que es también faro en nuestra lucha.

Imagen: Revista Anfibia

Balún Canán se llama la primera novela de la escritora mejicana Rosario Castellanos publicada en 1957 y narra los enfrentamientos entre indígenas y terratenientes blancos durante la Reforma Agraria en la segunda mitad de la década de 1930. La misma Rosario era hija de terratenientes y se crió con una nana indígena que se llamaba Rufina.

Su infancia transcurrió en la hacienda de Comitán en la zona de Chiapas, cuyo nombre en maya antiguo era Balunem K´anal que significa dicen: nueve estrellas.

Escribió la novela contando experiencias de su niñez, en ese mundo de terratenientes sometiendo a indígenas del que fue testigo.

La narradora es, como lo había sido ella, una niña. Hija de los dueños de la hacienda. Parte del argumento tiene que ver con la educación, porque debido a nuevas leyes los hacendados se veían obligados en ese momento a darles instrucción primaria a los hijos de sus trabajadores.

Pero sucede que el maestro desconoce el idioma de los chicos y lo niños no hablan el castilla.

La escritora de ésta y otras novelas y libros de poemas, y de un ensayo que se llama: “Mujer que sabe latín”, parece que tenía que escribir a escondidas (eso dice la layenda). De cualquier modo, a juzgar por la obra enorme y su muerte relativamente temprana, parece que se las ingenió bastante bien, porque a su marido lo sacaba de quicio el ruido de la máquina. A tal punto que un día, dicen, él tiró la máquina por la ventana.

No sé bien a qué se dedicaba este marido que la historia recuerda por el episodio de la máquina, pero sabemos que hubo un tiempo en el que era peligroso ser una mujer que sabe latín.

En tiempos de marchas anteriores a la cuarentena y en la suma de los días de posteos en las redes, hemos visto repetida una frase de la española Carmen Losa que dice: “Sal de Ítaca Penélope. El mar también es tuyo”

Es que, a la luz de los masivos movimientos de estos últimos años, todo se resignifica. Desde las protagonistas de los mitos griegos a las protagonistas de los relatos bíblicos pasando por personajes de ficción y hacedoras, reclaman nuevas lecturas.

Abandonada durante veinte años por el rey de Ítaca, por ejemplo, la relectura de Penélope. Penélope fue a lo largo de los siglos símbolo de fidelidad y abnegación. La que espera en una estación imaginaria con su bolso de piel marrón y sus zapatos de tacón como la recreó Serrat.

Penélope, los movimientos de mujeres (y si digo mujeres puedo pensar también en otros bordes: trans, negros, indígenas o lisa y llanamente: pobres) y un mundo que va más allá de nuestras Ítacas.

Hoy ya no se discute que les Penélopes de todo pelaje hayan decidido navegar. Pero más se navega, más se ve cuánto falta cambiar. Acciones que antes eran vistas como sometimientos tales como tejer, coser, bordar, se han vuelto instrumentos de liberación. Recuperación de una sabiduría ancestral. Bordar en un espacio público se ha vuelto, por ejemplo, revolucionario. “Como la aguja que entra en la tela, la persona que se presenta a bordar penetra en el tejido social. Se mete a la calle como punzón enhebrado de voluntad en todo el colectivo humano”, dice Francesca Gargallo en su libro: “Bordados de paz, memoria y justicia”.

Y la vida de las monjas de las comunidades religiosas permitió trasladar el nombre “sororidad” al hermanamiento de las mujeres en la defensa de esos derechos. Tejiendo como Penélope pero ya no encerradas en la casa, sino actuando con otras, bordando alguna forma de libertad.

Salí de Ítaca Penélope, que el mar también es tuyo. No es que sea nuevo esto.

Ya doscientos años antes de Cristo, las matronas rumanas hicieron una huelga pidiendo mejores condiciones. Y si el 14 de julio francés y “La toma de la Bastilla” le pertenece a los hombres, la revolución del 6 d octubre de 1789, es como dijo Michelet, exclusivamente de las mujeres… aunque haya sido bastante invisibilizada esa acción.

Mientras los diputados deliberaban acerca de cómo presionar a los reyes para que acaten consignas revolucionarias, se conoció la noticia de que siete mil mujeres avanzaban hacia Versalles con dos cañones que se habían robado. Eran mujeres del pueblo, comerciantes, trabajadoras lisas y llanas, vendedoras del mercado y obreras de los arrabales con cuchillos de cocina, picos y otras armas improvisadas. Nadie podía creerlo. Siete mil mujeres hacia Versalles bajo una lluvia torrencial caminaron los veinte kilómetros que separaban el centro del palacio. Entraron al palacio, se precipitaron hacia los departamentos reales, y empezaron a golpear la puerta de la habitación de la reina que apenas tuvo tiempo de escapar.

La marcha hacia Versalles, que así se conoce, fue de las mujeres del pueblo parisino. Que después de eso se metieron en la asamblea a la que no estaba permitido el ingreso de mujeres. Se sentaron en las bancas al lado de los diputados, y exigieron medidas para resolver la falta de pan.

Como decía, lleva tiempo esta marcha.

Lleva tiempo, mucho tiempo comprender los derechos de los otros y también los propios derechos. La teoría en fin del punto de vista. La convicción de que las perspectivas de los individuos marginados u oprimidos pueden ayudar a crear nociones más objetivas del mundo. Porque están en los bordes y en sus luchas van de afuera hacia adentro. Lo que les permite la posición única para señalar comportamientos que los que están en el centro no son capaces de reconocer.

Cierro con un poema de la poeta y activista norteamericana Muriel Rukeyser en una traducción bonita de Diana Bellessi:

Mito

Mucho tiempo después Edipo, viejo y ciego recorrió los caminos. Sintió un olor familiar. Era la esfinge.

Edipo dijo: “quiero hacerte una pregunta, ¿por qué no reconocí a mi madre?”

“Diste la respuesta equivocada” dijo la esfinge.

“Era la única respuesta acertada” respondió Edipo.

“No”, dijo ella. “Cuando pregunté qué camina en cuatro patas a la mañana, tres al mediodía y dos al ocaso, contestaste el hombre. No dijiste nada sobre la mujer”.

“Cuando dices el hombre…” replicó Edipo, “incluso es a las mujeres también, todos lo saben”

Ella dijo: “Eso es lo que tú crees”

María Teresa Andruetto

Aquí el audio para darse el gusto de oírlo de su boca:

 

 

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