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Las Invitadas: El amor cambia tu sangre

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Un comentario sobre El fin del amor. Querer y coger, de Tamara Tenenbaum

Por Camila Vazquez

Durante la cuarentena me cuesta conectar con la lectura. Al principio sufro por no poder. Con los días ese imperativo del hacer se aplaca y me gana la pereza: no hago, pero no es una decisión, o si lo es, no es consciente. Multiplico mis horas de sueño, a veces me quedo dormida para una clase online. Y sobre todo, no hago. Me estoy así, quieta. Miro el celular largo rato, aunque por momentos lo quiera enterrar.

Doy con una lectura en pdf que leeré de corrido como nunca en los días anteriores de cuarentena. El libro se llama “El fin del amor. Querer y coger” y su autora es Tamara Tenenbaum. 

Al decir verdad, ya sabía de su existencia. Lo había visto en Farmacity y en Yenny. Y eso activó mi alarma progre sobre “libros de mercado”, una especie de sirena inconsciente que aflora cuando cierta tipografía, cierta editorial, aparece de repente en una góndola, al lado del dentífrico. Pero vino en cuarentena y tomé su lectura como una nueva señal. Ciertas creencias románticas en torno a la lectura sostienen que “el libro te elige”. Nunca lo creo, pero la insistencia de este persiste hasta en mis instancias de reclusión.

Aunque en estas columnas solemos discutir sobre ficción, hoy voy a comentar un ensayo, ese género ligado al pensamiento, a la filosofía, pero que data de una larguísima tradición en Occidente vinculada a la retórica algo así como el esplendor en el desarrollo de las ideas y los argumentos. Entonces, si al ensayo le preocupa cómo decir, entonces no está tan alejado de eso que en la secundaria aprendemos como función estética del lenguaje. 

El ensayo de Tamara me parece celebrable por varios motivos. El primero, es que es una escritura muy contextualizada, que enuncia desde un yo delimitado y honesto. Y con esta decisión logra algo fundamental en la escritura y en la teoría: no generalizar. Tamara nos presenta en su ensayo un recorrido por su devenir occidental. Ella fue judía, o se crío en una familia que lo es, en el mítico barrio 11. Pero su devenir occidental, es decir, su abandono del dogma judío, vendrá acarreado de una aguda capacidad para entender las formas de construcción del género mujer en esta cultura, atravesada por el mercado o por lógicas amatorias y sexuales que no están exentas de él. Así, Tamara nos cuenta su aprender a ser mujer en esta cultura. Y es aquí donde me siento identificada, ese vicio lector del cual tampoco estoy exenta. Tamara es próxima en su edad a la mía, es heterosexual y, como yo, estuvo, por lo que dice, alguna vez enferma de amor romántico.

Supongo que ese fenómeno psíquico-lector,la identificación,  es necesario para leerse. Ya que ahora, en este páramo, lo necesito aún más: necesito herramientas para leerme en este mundo que se disuelve, que deja de ser lo que era y queda de él un antiguo rumor difuminado. Un rumor que pesa, porque no lo podemos olvidar. Entonces, con el correr de los días, noto que tengo mayor disponibilidad para leer filósofas que para leer ficción, porque la ficción -ciencia ficción o no- alumbra el mundo, o partes de él. Y ahora no lo tolero, no tolero las posibilidades que no son y que abre la ficción.  Yo busco desesperada una respuesta. 

Por supuesto que el libro no trae respuestas, sino preguntas. O más bien, desnudos: se desnuda en el ensayo una lógica vincular muy férrea. Tamara expone cómo pronto aprendió en aquella juventud 90/2000 (90210) que más que ser pacata, garpaba estar con muchos, no ser una santurrona; pero cómo, siempre, santurrona o no, rápida o no, los vínculos conducen, al menos para los pactos heterosexuales, casi como un destino, a la monogamia. A la monogamia y al trabajo sobre ella. La pareja como el cielo de los logros, como el éxito. Pero ojo: en el libro de Tamara no hay mejores o peores: no hay versus. La voz enunciadora del ensayo tiene la maestría de lo concreto y de lo pragmático: expone y desnuda. No enjuicia. Deja al ojo lector ese trabajo: verse a sí misma en las lógicas vinculares. El ensayo resulta muy abarcativo. Explora varios ejes “inherentes” a las discusiones de los feminismos más o menos actuales -monogamia, aborto, maternidad-. Lo hace brindando un gran marco de referencias teóricas, pero sin ingresar en academicismos.  

Entre algunos de los argumentos que más fuerte calaron mi lectura, están los que revelan el ideal de pareja como un trabajo: tener una pareja, para las mujeres heterosexuales, es trabajar sobre ellas. Un trabajo que se configura en nuestras subjetividades como un deseo, y, por tanto, parece tener un status de incuestionable: si bien es cierto que la soltería ya no es la patología de la mujer de los gatos, también es cierto que, a determinada edad, ningún éxito personal alcanza como suficiente. El verdadero éxito es tener una pareja estable. Tener una pareja estable no es algo malo en sí, de hecho, puede generar mucha felicidad -o sus opuestos- cuando se trata de un vínculo placentero. La estabilidad parece alcanzar un mayor grado de confianza, pero, a cambio, exige la exclusividad, Leamos exclusividad como algo más amplio: no solo en torno a los vínculos sexoafectivos que puedan trazarse o no de manera pactada, si no en el rigor exclusivo, como sol de la galaxia, que ese vínculo, el más especial, pone por sobre los demás vínculos que podamos tener. Ningún amor es tan importante, ninguno colma tanto el corazón como el de la pareja. Podemos tener un millón de amigxs, pero sin pareja,no hay completitud. Este reparto no es equitativo entre los géneros: los varones no disponen de su tiempo, su emotividad, una educación que los adiestre para la vida amatoria. Pero volviendo sobre la condición de centralidad que se otorga a la idea de pareja, en tanto relación de dos, la autora también insiste en la potencia de la amistad, como ese otro vínculo más comunitario, elegido, en el que no rige -o al menos, no en la mayoría de los casos- el paradigma de los celos, el control, la exclusividad. Y que, sin embargo, se erige como uno más lateral, “menos importante”. ¿Por qué hay tantas películas que retratan la vida de a dos y no que narren la amistad, la importancia de ella,su hermosura, y su dolor, también, cuando se termina, o su lenta su disminución con el paso de los años?

Tamara también se detiene en otros trabajos: el trabajo de la belleza.En la cantidad de tiempo, dinero y violencia sobre los cuerpos que implica moldearse para ser deseable. También sobre los mandatos de libertad que luego se revierten: ser santurrona ya no es un ideal, de hecho, mucho mejor, parece ser una desenvuelta en las prácticas sexuales. Pero paradójicamente, el destino de esa apariencia salvaje, es otra vez, la rectitud, la pareja. Lo mismo con las prácticas sexuales entre personas hetero: parece que el sexo hetero nos confina a lugares más o menos estancos en el sexo. Ni hablar de BDSM o sexualidades alternativas.

Todas las anterior parecen obviedades, pero son obviedades tan arraigadas, que creo que necesario, al menos, tener la posibilidad de hacerlas conscientes. 

Para cerrar, me quedan nuevas dudas: ¿cómo se configuran ahora nuestras formas vinculares en cuarentena?, ¿se reafirman los núcleos “primarios”, como la familia y la pareja?,¿se recrude la idea de que “no hay nada como la familia”?,  ¿se instala un autoesrotismo más fuerte para las personas solteras?, ¿se profundizan prácticas sexuales virtuales?, ¿alcanzan?, ¿olvida un cuerpo el contacto?, ¿cómo será el reencuentro de los cuerpos?

Sostengo una disyuntiva: no sé si pensar en términos de pasado, no sé si dejamos todo el mundo conocido atrás, pero, al menos ahora, está en suspenso. No puedo ni me parece razonable hacer predicciones sobre el futuro: porque no tengo la capacidad, porque es muy angustiante un plazo tan largo, porque apenas puedo enfocarme en lo concreto. Pero si lo hay, seguramente algo de toda esta sacudida no nos deje intacto.

Mientras tanto, pienso y tomo herramientas para esta identidad que también tambalea, que está sacudida ahora más. Que padece este nuevo universo de reclusión, pero que todavía tiene problemas del viejo mundo. Recomiendo entonces esta lectura. Si algo es seguro ahora es que esto no es un nuevo génesis: los árboles y las cosas siguen allí. Pero nosotrxs no podemos circular y eso cambia nuestra economía, nuestros afectos. El amor cambia tu sangre, como dijo Charly. Me interesa pensar los vínculos, el erotismo, el deseo. Aquella ESI del mundo ¿pasado?, tal vez no pueda pensar los vínculos concretos del ahora, pero funciona sí puede hechar luz sobre la memoria, ese transcurso vivo que no se detiene, que aún desea.

La imagen que acompaña esta columna es una foto de Justine Kurland, un fotógrafo polaco que tiene una serie de fotografías que se titula”El despertar de las adolescentes”. Tamara las rescata en su ensayo como una representación visual de la libertad en la juventud. Una imagen que me gusta para el futuro, la posibilidad en imágenes de una adolescencia salvaje, rebelde, amistosa, desacatada. Adolescencias que descubren aún como un modo del juego. Pienso en mí adolescente, en cuánto me hubiera salvado esta lectura, en cuánto hubiera querido saber que ejecutar esas imágenes en mi propia imagen, en mi cuerpo, en mi identidad, era posible. 

 

 

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