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Monona: la abanderada de la costa del Río

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Por: Carina Ambrogi

Monona a los  86 años, se recibió  de la escuela primaria con el honor de ser portadora de bandera de ceremonia. Sentada en un banco de madera a la orilla del Río Cuarto, su lugar preferido en el mundo, cuenta con voz bajita:

-Cuando me dijeron que iba a tener la bandera les dije que no, que para mí eso eran muchos nervios, pero todos mis compañeros  me dijeron “Monona vos tenes que ser la abanderada”.

Comenzó el colegio porque estaba cansada de la vergüenza y la angustia de no saber firmar. Cada vez que tenía que firmar algo lo hacía poniendo el dedo. Pero además,  porque su vida fue muy activa y a esta altura ya no quedaba mucho por hacer, ni con quien compartir, y la escuela significó para ella un lugar de encuentro y amorosa compañía.

Monona fue de las personas que verdaderamente trabajaron todos los días, pero no salen en las fotos cuando se muestran a las “económicamente activas”. Con su familia fueron l@s primer@s habitantes del asentamiento de las costas del Río Cuarto, una zona de la ciudad planificada para que el avance en materia de infraestructura y servicios públicos  pase justo por la esquina,  los miran, pero no les toca.

Su mamá falleció de cáncer a los 36 años y su papá murió también  cuando ella era pequeña. Quedó junto a sus 4 hermanes  al cuidado de la abuela, o de quien pudiera atenderles un rato. A los 14, temprano también, se casó con quien fue su compañero de toda la vida.

-¿De que vivían?

-Yo trabajé toda la vida, me levantaba a las 6 de la mañana y le daba mate a mi marido. Él se iba a las 3 de la mañana porque  cargaba camiones, y cuando volvía tomábamos mate. Con el viejo estuve 50 años, él también la luchó mucho, éramos muy compañeros. Yo trabajaba de sirvienta y después me subía a trabajaba en el carro, íbamos a juntar maíz o a desyuyar. A mi me gustaba mucho el campo, no es como ahora que corta todo la máquina y nos arruinó”, dijo.

Según cuenta Patricia, una dirigente social del barrio, a Monona la tuvieron que bajar del carro hace unos años a la fuerza. Por más que el espíritu estaba intacto y con las mismas ganas de trabajar, el cuerpo ya no le respondía igual.

-¿Tuvo hijos?

– Cinco. Cuatro varones y una mujer que falleció. Le agarró cáncer a la Normita y se murió, eso es lo que me arruinó más la vida. Ella me hubiera hecho falta ahora que estoy sola, mis hijos se juntaron todos y ahora yo estoy sola.

Detrás de los lentes oscuros de sol con marcos violetas asoma una lágrima. Después otra. Y por más que intentó disimularlas cayeron  permanente hasta que terminamos la conversación. Estábamos sentadas al lado y cuando comenzó el relato de su hija  me empezó a acariciar la pierna, como dándome a mí las caricias de contención que ella necesitaba. Las manos arrugadas, con uñas largas pintadas de carmesí brillante, tenían el poder del abrazo de las abuelas y madres protectoras.

La muerte de Norma fue una marca de dolor indeleble también para sus 9 hijes. Franco, uno de ellos, murió este año a los 14 en medio de una balacera, ahí mismo en el barrio. Quienes lo conocieron aseguran que hacía tiempo vagaba perdido por las calles, nunca superó la falta de su mamá.

La abanderada de 86 años  que vio morir a su mamá y a su papá, a su marido y a su hija, también carga con la muerte de su nieto.

Vuelve a sonreír cuando recordó la vida en la costa del Río,  de donde la sacaron en 2006 cuando el estado municipal construyó viviendas sociales para “mejorar las costas”. Los relocalizaron en casas de material en un barrio lejos, y la vida para ella ya no fue la misma. En la costa las casas no tienen fronteras, los patios se comunican y como en aquella época había una sola canilla desde todas las casas se juntaban a buscar agua y a conversar. En las casas nuevas los paredones dividieron todo, los vecinos eran otros y los carros no entraban. Monona recordó y pidió volver algún día al barrio donde nació y fue feliz.

Las lágrimas desaparecen, empiezan las risas, charlamos de su atuendo elegante y me cuenta que la ropa se la regalan en la parroquia del barrio.

-¿Si tuvieras que pedir algo de regalo para las fiestas que te gustaría?

– Piensa un rato, se toca el pantalón  y me responde:

-Una calcita

 

 

 

 

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