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El caso Próvolo, ¿hacia dónde mira tu mirada?

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Por Romina Pezzelato

El caso Próvolo nos pone frente al extremo.

A la capacidad de crueldad más atroz de la que es capaz una persona.

Leer y releer los relatos consterna hasta las víceras. Doce años de menores sordomudes y/o con discapacidad siendo abusades por sacerdotes. Una monja encargada de llevarles al médico que atendía los desgarros y múltiples consecuencias de las vejaciones.

Un jardinero que se sumó al perverso ritual al que fueron sometides niños y niñas por más de una década. Lejos de sus familias. Sin poder hablar, gritar, y en algunos casos sin poder escribir.

El Instituto Próvolo. Cueva de mounstros.

En el día de ayer se condenó a los implicados a penas de 42 y 45 años de cárcel. Allí morirán. Allí les queremos ver morir. Porque no alcanzan los años para sanar. Porque todas las explicaciones y teorías se quedan cortas. Estas condenas acaso ejercen en parte, la justicia que las víctimas y sus familias tanto necesitan.

Quienes hemos transitado alguna etapa de nuestras vidas dentro de la iglesia católica sabemos de múltiples situaciones resueltas puertas adentro con el silencio. Las más común: “el cura se enamoró, se enganchó o estuvo con tal”.

Ahí el escándalo de las doñas a media voz multiplicando epítetos a la mujer implicada: “ella lo provocó siempre!”, “siempre le gustaron los curas”, “se la conoce por ligera, por puta…” etc, etc, etc. Cuando el patriarca decepciona la flecha va directo a la mujer instigadora. Y se arroja no una piedra, miles. Se lapida a la implicada. ¡Cómo no!.

De ahí en más todo se puede adivinar. Irrumpe en escena un nuevo sacerdote casi de golpe. Y en un breve lapso de tiempo la comunidad se entera o el cura informa que se traslada a otra comunidad. Lejos. Bien lejos.

Así opera la Iglesia para silenciar el escándalo. Para “cuidar” a les fieles. Para amparar a sus sacerdotes.

Ya en la distancia y el tiempo el curita es recordado con un anecdotario amoroso y de la mujer quizás poco se sepa. Que si es un pueblo chico, es probable que ella también haya tenido que irse o cambiarse de barrio, aunque sin niguna despedida.

Hasta acá cuando se trata de romper el celibato.

Ahora, frente a un caso como el Próvolo. Es imposible no preguntarnos:

¿Dónde están? Vecinas, vecines practicantes de la religión católica. ¿En que rincón de su fe es posible acomodar esta atrocidad?. Si salieron a las calles a gritar en contra del aborto legal, seguro, y gratuito, ¿cómo es que nos les vemos frente a sus iglesias exigiendo respuestas por las vidas de estas infancias?; ¿qué pasa en su mundo interior al pensar en estos niños y niñas… que están lejos?; ¿Que ustedes desde su lugar nada tienen para hacer ni decir?

Aquí no hay gris posible. No les vemos en las calles. No se levantan a gritarle al sacerdote en plena misa que alguien se haga cargo. No interrumpen la inercia sagrada del silencio.

Entonces sabrán entender que este extremo aberrante de la hipocresía tiene consecuencias.

Cuando desde el feminismo decimos SEPARACION DE LA IGLESIA Y EL ESTADO, nos referimos a esto. Como pueblo, como sociedad no tenemos por qué sostener la vida y la estructura de una institución que de ningún modo nos abarca a todes, ni tendría por qué hacerlo.

Bien sabemos de la importancia de la Iglesia en las dictaduras y de sus vínculos permanentes con el poder.

Ya la recibimos y le dimos la bienvenida para que saquee a nuestros pueblos hace más de 500 años.

Y en estos días de dolor inmenso vimos la biblia levantada en alto, bendiciendo la persecución y asesinatos de hermanes en Bolivia.

Nosotres exigimos no financiarles. No sostener sus mandatos ni mandamientos. Nos hacemos cargo. Nos declaramos brujas, pecadores y pecadoras.

Y les preguntamos, creyentes, sacerdotes, monjas, comunidad católica:

¿Cuál es el límite?, ¿hacia dónde mira su mirada?

Frente al caso Próvolo, ¿de verdad no ven?

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