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Literatura, feminismo y elecciones

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Por: Camila Vazquez

Es viernes y faltan dos días -deseo y escribo el deseo con convicción,y más: con militancia- para que se vaya macri. Desde que doy el taller que inspira estas notas -Las invitadas.-,como cada lunes, hasta ahora, la noche, pienso en una cosa: en el poder político de la ficción. Claro que no lo digo yo, que es un asunto harto discutido por filósofes de la estética.Pero es que ahora veo esto que es marco teórico funcionar cabalmente. 

Hace unos días, dimos con una amiga. Antonella Tosco, una pequeña charla sobre Glauce Baldovin en el marco de la Feria del Libro Juan Filloy. Antonella dijo allí algo así como que la literatura es política porque tiene la capacidad de crear mundos, y, en ese sentido, de disputarle sentido a este, el aparente mundo real sobre el que nos asentamos.Es algo semejante a lo que dice Jacques Ranciere sobre la forma de hacer polìtica de la literatura, sobre su manera de intervenir en el reparto de lo sensible, de generar ejes de visibilidad, nuevas formas de ver el mundo.

Pensaba que este, nuestro paìs,enarboló hacia 1910, en plena pompa del bicentanario de la revolución, un héroe nacional que es producto de la ficción. El Martín Fierro se convierte en modelo viril de valentía nacional, esa esencia absoluta. Pero el Martín Fierro fue el invento de un blanco, que primero lo quiso anarquista, y luego lo mató simbólicamente hasta convertirlo en peón de campo, y hacer del gaucho bravío un mansito predicador de consejos familiares. Nuestro héroe nacional es un predicador. En fin: el gaucho Martín Fierro sirvió para abonar el imaginario nacionalista de los valores del esfuerzo y el progreso, del trabajo de la tierra, y como resultado tenemos un héroe deformado, más gringo que criollo. Uno que le iba a gustar mucho a les pobres inmigrantes europees. Con este ejemplo gauchesco quiero llegar a la siguiente idea: un personaje ficcional fue capaz de forjar no solo un trayecto literario en toda la literatura argentina, sino un trayecto en el mapa nacional. Antes también lo hicieron Sarmiento y Echeverría .Con sangre aborigen regaron ese mapa de perversas dicotomías. Civilizados y bárbaros. En masculino. Las políticas que aún nos rigen se resignifican en aquella dicotomía. Macri la profundiza con hambre y con represión.

Y aunque ya no es el siglo XIX, y la litertaura ya no está vinculada a la prensa, pero la prensa sigue formando opinión, los medios hegemónicos continúan perfomando la manera de ver el mundo; es aún necesario que desde todos los lenguajes, quienes queremos un país para todes, disputemos el sentido común, ese gorila que es como dios, porque se agazapa en cada cosa. 

Y aquí viene el núcleo de la cuestión. Mientras pasaba mis últimas horas en el trabajo, pensaba que a veces el deseo es muy sabio. Tan sabio que su saber llega después en forma de palabras. Pero el deseo sabe primero. Desde hace al menos tres años, tengo una pulsión por leer autoras mujeres. No es una decisión consciente. Es casi una necesidad, acarreada por una más grande: la necesidad de hallar un contra sentido al sentido común y hegemónico que también se entreteje en la literatura, escrita por hombres heterosexuales y blancos -y esto no es una reducción: no son solo los escritores varones, son las operaciones literarias y extra-literarias (crítica, editoriales,escuelas, suplementos culturales) las que forjan también ese sistema-. El deseo me llevó a leer autoras que, aunque reconocidas en su momento, no alcanzaron el estatuto de autoras faro ni aún entrada esta ¿cuarta? ola feminista. Porque el sentido común sigue allí y hay que revocarlo.

Y pienso que esa es la humilde propuesta de Las Invitadas: como desobediencia capilar, al decir de Segato, lento y profundo socavar el sentido común desde la literatura. Para eso destejemos el canon oficial: a contrapelo, leemos las historias nunca escritas de esta otra historia, nuestra trama nacional. Historias de heroínas ficcionales, como la María Muratore de Libertad Demitrópulos, que en plena Conquista fue soldada de armas tomar. De mujeres deseantes que repudian la maternidad cuando no es deseada, como la Nefer de Sara Gallardo.Historias de indios matacos y niños aborígenes del norte, como también narra Elvira Orphee en la voz de Sixto. La historia de las gauchas lesbianas y libérrimas, como la China de Cabezón Cámara. También, las hijas extrañas y perversas de Silvina Ocampo y Samanta Schweblin. El terror social de Mariana Enríquez. Y nada importa ese límite entre realidad y ficción, porque leyendo y periodizando a contra pelo, estamos disputando un sentido hegemónico. Qué importa el estatuto de verdad. Esta mentira que es la literatura nos sirve a las mujeres y a las disidencias para decir la verdad, como diría Liliana Bodoc: mentir para decir la verdad. Leyendo, comentando, investigando, nuevos sentidos se empiezan a tejer sobre esos otros sentidos ficcionales pero instituidos. 

Si la patria se forjó también sobre mitos literarios, nosotras inventamos mitos nuevos. Tenemos derecho a otra historia de la literatura. Tenemos derecho a una matria feminista. Tenemos derecho a disputar el sentido común. Que el modelo de país que votemos contenga nuestro deseo y nuestros derechos: no solo a exigir nuestra condición de vida -todavía pedimos que no nos maten-; si no a incidir simbólicamente y empíricamente sobre esa vida. La literatura es también un derecho y un campo de batalla.

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