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Por una pedagogía del cuidado, el acuerdo y la responsabilidad afectiva

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foto: Solange Avena

«Los conceptos, como las relaciones, son espacios de significaciones disputables, que presuponen un trabajo y una tarea reflexiva y crítica», dice Magdalena López y se propone profundizar una reflexión sobre aquellas frases que se sueltan en Twitter o se estampan en remeras pero sobre las cuales se conversa poco.

Por Magdalena Lopez para Latfem

No, acostarse con un boludo no se constituye en un acto de violencia. Ninguna mujer lo construye de esa forma. No nos subestimemos así. Es un momento desafortunado, probablemente sostenido en una mala decisión personal, de esas que a las feministas del yo rotundo les encanta porque les sirve para culpabilizar mujeres.

El tema es que acostarse con un boludo no es el acto aislado de una o dos minas, es una reiteración que sólo se sostiene en un sistema colectivo de privilegios e impunidades.

La única forma de que un “boludo” sea un “boludo” y tenga relaciones sexo-afectivas no cuidadas y no sea nunca sancionado por sus prácticas “poco éticas”, es que exista un sistema de dominación que le atribuye a una parte de la población el descuido, el olvido, el placer de ser sorete sin consecuencias, y a la otra parte le atribuye el amor, el cuidado, la culpa, la responsabilidad  y la obligación de conservar los vínculos o de mantenerlos por sobre todo. A uno, la naturalización del descuido, a la otra, la naturalización del maltrato.

¿Esto hace a todas las mujeres buenas y a todos los varones malos? Claro que no. De hecho, como las tareas de cuidado y reproducción doméstica están exageradamente feminizadas, estos “boludos” con los que muchas mujeres heterosexuales se cruzan en sus entramados de relaciones afectivas, fueron cuidados, educados y asistidos por mujeres reproductoras del orden patriarcal.

¿Esto significa que las mujeres siempre son víctimas y los varones victimarios? ¿Qué ellas son puras y ellos potenciales mentirosos? No, claro que no. Esgrimir ese argumento es una forma eficaz de extremar la discusión para ridiculizarla. Las personas viven y accionan dentro del sistema de dominación con variable capacidad de cambio, reproducción, contestación y elección

Pienso a la responsabilidad afectiva como un concepto marco que debería constituirse en la base de toda relación humana que se propone y plantea como rupturista del orden de dominación vigente. Que se use mucho más habitualmente en el mundo de las relaciones sexoafectivas heterosexuales, no responde a que es una demanda excluyente de las mujeres hacia los varones, sino que en este tipo de relaciones es donde el descuido está más naturalizado y donde hay cierta expectativa de que una parte provea el cuidado (y el amor) y la otra, el descuido (y la libertad).

“Responsabilidad afectiva” es un concepto polivalente. Como lo son conceptos mucho más habituales. Ejemplos: DEMOCRACIA, PRESIDENCIALISMO, POPULISMO, AMOR, MATERNIDAD, VERDAD. La existencia de conceptos que son llenados de contenido según el contexto de utilización y las personas que los utilizan, no los inhabilita ni los vuelve inútiles, sino que nos desafía a pensarlos de manera más rigurosa, trabajarlos con meticulosidad e incluirlos en un mundo de significancias sociales (no individuales y de la práctica clínica aséptica).

Una oda al acuerdo, al debate y al disenso

El relato de la falta de acuerdos es bastante funcional al orden vigente. Suelo poner este ejemplo: al ir a la verdulería, nadie considera que debe arrojarle la plata al verdulero, agarrar las naranjas, moverle los cajones, e irse sin saludar. Los protocolos existen en todas las relaciones humanas. En las interacciones sociales existen acuerdos y compromisos de cuidado y respeto. Que las relaciones sexo-afectivas se reivindiquen como espacios donde debería NO EXISTIR nada de esto, es meramente una reacción al tradicional acuerdo monogámico de casamiento, al cual no está mal resistir (y tampoco aceptarlo), pero creer que la única forma de resistirlo es renunciar a cualquier acuerdo de cuidado o respeto es acotar las opciones disponibles y pasar de una imposición-de-camino-único a otra.

Ni el único acuerdo valido es el del matrimonio, ni las relaciones sexo afectivas deben ser eximidas de un conjunto básico de prácticas respetuosas y cuidadas.

Esto no implica que responsabilidad afectiva sea que “nadie nos dañe”, “que nada nos de dolor” y “que se haga lo que queremos”. Tanto como el derecho a la defensa de un acusado no es “que siempre me declaren inocente de todo acto”. Son, si queremos pensarlo en la praxis, herramientas para establecer relaciones que tiendan a una mayor igualdad, en contextos profundamente desiguales; porque efectivamente, los roles de género sí nos oprimen (no importa cuánta voluntad haya por parte de un sector de la sociedad en negarlo).

Responsabilidad afectiva debemos tener con todas las relaciones sociales, sin embargo, en el ámbito de las relaciones sexoafectivas se vuelve especialmente importante reivindicarla. Aún más en las relaciones heterosexuales, donde lxs participantes están social y colectivamente construidxs como desiguales. No importa cuán iguales se sientan lxs involucradxs, pues han sido construidxs, socializadxs, e incentivadxs a desarrollarse de cierta forma en sociedad y a interactuar con tales características. La tarea es romper con este molde que no es de hierro pero tampoco inexistente.

En esta línea, el sistema de dominación también impone reglas y matrices de relacionamiento a las disidencias, que muchas veces reproducen mandatos de descuido. El patriarcado se filtra en las relaciones no heterosexuales, espacios en los que se vienen debatiendo y ensayando (con mayor o menor éxito) prácticas de cuidado y de resistencia donde la responsabilidad afectiva juega un rol relevante (y no, no son mujeres pidiéndole a varones).

Sigo a quienes creen que romper con esos moldes es una tarea paulatina, constructiva, progresiva y vaivénica; y que en ese camino, adquirir algunas herramientas, protocolos o aferrarnos a conceptos y teorías que nos permitan discernir y modificar, es útil.

Los conceptos, como las relaciones, son espacios de significaciones disputables, que presuponen un trabajo y una tarea reflexiva y crítica. Descartar la responsabilidad afectiva o la empatía como conceptos porque son mal utilizados, porque tienden a generar interpretaciones disímiles o contradictorias o porque un grupo lo utiliza como latiguillo moralizante, es como cancelar otros conceptos que nos resultan imprescindibles a la hora de disputar poder.

Si naturalizamos que nada de lo que esperamos de una relación establecida se dé, porque le otrx no quiere, no desea, o “le cuesta demasiado”, estamos amputando nuestro deseo para permanecer en un espacio en el que nuestra necesidad no es tenida en cuenta. El ejercicio de la responsabilidad afectiva es poder expresar nuestro deseo y establecer un acuerdo con lxs otrxs donde quizás nadie obtenga completamente lo que desea, pero nadie sufra crueldad innecesaria tampoco.

Es, por ejemplo, una demanda válida en un grupo de amigxs, o cuando alguien, por razones específicas, necesita más atención y cuidados y lo solicita y se articulan redes y conexiones para colaborar, para asistir, para cuidar. No le queda cómodo a alguien cocinar una ración extra y llevárselo a unx amigx deprimidx, pero lo hará, porque hay un vínculo que presupone responsabilidad afectiva. Creer que no exigirlo en vínculos sexo-afectivos es contestatario, es ejercer un feminismo a lo Mario Pergolini, con su pose rupturista juvenil pero con opiniones vetustas y no polémicas, sino funcionales al orden vigente.

Pregonar la falta de empatía como una forma de relacionamiento en un sistema de dominación que hace de la socialización de la crueldad y de la coacción una forma de imposición masculina me parece equivocado. Pero no sólo en el ámbito de lo personal y de mi opinión, sino en el ámbito de análisis social. Rita Segato plantea que existe una pedagogía de la crueldad, que nos inhibe de percibir a lx otrx como persona y nos amputa la empatía.
Pregonar que la empatía y la responsabilidad afectiva son dañinas socialmente, es arrancarnos las herramientas para resistir la dominación y para construir otra forma de relacionamiento.

Atribuirle a la mujer la “culpa” de seguir deseando al varón que no le contesta los mensajes, no la llama, que es descuidado y cruel, es reproducir el argumento de la pollerita corta.

En primera instancia, la espera de alguien puede ser cancelada por un aviso de no interés de lx otrx, de no intención, de no ganas. En segunda instancia, es hora de exigirle a los varones cis hetero que se deconstruyan en sus formas de relacionamiento sexo-afectivo; deben entender que sus vínculos sexuales tienen que ser claros y cuidados y que la única crueldad o sufrimiento aceptado es la estrictamente incancelable. La otra, la que deriva del descuido intencionado y de un destrato que no le damos ni siquiera a un ajeno desconocido, no debería ser más parte de ningún acuerdo. Además, no olvidemos que esa compañera fue entrenada (como yo, como mis amigas, como las autoras de los artículos que proclaman abolir el concepto de responsabilidad afectiva y empatía) en que las relaciones sexo-afectivas cis-hetero consisten en un conjunto de reglas de espera, tolerancia, y desigualdad. Romper con eso, incluso para personas que reflexionan cotidianamente sobre las prácticas patriarcarles, es MUY DIFÍCIL.

foto: Solange Avena

Es injusto y contribuye a profundizar la desigualdad creer que la única acción posible de las mujeres es decirle “chau, sos un boludo” al “boludo” y no bregar por acuerdos que hagan que ese “boludo” deje de relacionarse de esa forma. De hecho, atribuir la salvación a que una mujer le diga “ándate gil” a un gil, es otra vez, ir por la salida individual. Además, es, al tiempo de que dice descartar los roles de género, una forma de considerar que los varones serán siempre así y que su personalidad es intrínseca, no asociada a la forma de socialización que han tenido.

Debemos pensar formas de desarticular y desarmar la pedagogía de la crueldad. Borrar de un plumazo dos categorías que sirven para tal fin, porque “se difuminó su contenido” o “porque nos parecen complejas” atenta contra el proceso de emancipación.

La salida es grupal, entre todas y todos, con herramientas de resistencia, con caminos que tendrán adelantos y retrocesos, nunca de a una y solas en silencio. Si hace falta socializar capturas de pantalla y escrutar conversaciones de Whatsapp con amigas para pensar estructuras colectivas de amor despatriarcalizados, lo haremos. No hay nadie que nos detenga, ni siquiera las feministas pergolineras.

Apartado metodológico

  1. Lo más difícil de criticar conceptos sociales es arribar a una descripción del fenómeno. Criticar lo que creemos que un concepto es no significa criticar ese concepto. Las críticas son rupturistas y muy necesarias, pero existe un sesgo muy marcado en definir (mal o incompleto) un concepto y luego criticarlo. Es una práctica muy habitual en algunos grupos conservadores cuando dicen, por ejemplo, que el Estado de Derecho o los derechos humanos valen sólo para los criminales. Es una estrategia poco ética de difusión de información. Hay que definir el concepto con la mayor rigurosidad posible y analizarlo con método y análisis críticos, sino sólo armamos un concepto de paja que es funcional a nuestra crítica que ya teníamos previamente eliminada; sólo necesitábamos un concepto a la medida de ella. En la misma línea, las posturas que tienden a desacreditar un feminismo creado a medida de la necesidad de criticarlo es fuertemente funcional al patriarcado.
  1. Una máxima de la reflexión de las ciencias sociales es jamás presuponer la simpleza y la estupidez en aquellxs actores sobre los que se está reflexionando. Creer que el feminismo es un grupo de mujeres de clase media sobreanalizada que le atribuye violencia a cogerse a un boludo es subestimar al movimiento y a sus integrantes, al tiempo de tomar una imagen muy sesgada (en geografía y clase) del mismo. Y creer que responsabilidad afectiva o empatía son conceptos inútiles porque algunos grupos los usan mal es atribuirle a la confusión conceptual el poder de destruir el concepto, algo que jamás haríamos con otros.
  1. No se puede hablar de siempres y nuncas. La dimensión social tiene estructuras y sistemas que la organizan, al tiempo que hay rupturas y críticas y resistencias. No podemos aseverar que siempre se exige responsabilidad afectiva y nunca se da. Es un enunciado incomprobable, teñido de individualismo analítico.
  2. Las lecturas simplistas de autores con teorías complejas suelen complicar más el panorama del análisis social que clarificarlo. Foucault realiza una descripción muy profunda del concepto del micro poder y, siendo uno de los especialistas en dominación y resistencia, utilizar una interpretación de su concepto a favor de diagnosticar una igualdad forzada es cuánto menos una desprolijidad metodológica.
  3. Los estudios más interesantes para analizar fenómenos sociales son los  que plantean un abordaje multidisciplinario y de metodologías combinadas para poder aprender, comprender y explicar. Los fenómenos sociales son, tautológicamente, sociales y sus interpretaciones más acertadas son las que contemplan la variable social y colectiva. Al igual que la solución, el problema NO es individual, tampoco debería ser individualista la forma de analizarlos.

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