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Silvina Ocampo. La Invitada

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Por Camila Vazquez, integrante del colectivo cultural Glauce Baldovin, para La Marea Noticias

Silvina Ocampo, la invitada, nunca local, o local a duras penas, en su propia tierra: la Argentina, la literatura. Dice Alicia Genovese, una poeta y ensayista contemporánea de nuestro país, que las escritoras son extranjeras en su tiempo y en su tierra: habitan otra temporalidad y otra estética, pues su época las rechaza. Apenas recordada como la hermana de, la esposa de, la amiga de -esa preposición-, recibe recién en la actualidad ojos feministas que la lean, la periodicen, la critiquen, la enmarquen como madre -¿madre?, ¿cabe esa categoría?- de toda una tradición -o una emergente tradición, el oxímoron- de escritoras: Samanta Schweblin, Mariana Enríquez. Una constelación de escritoras, deberíamos decir, estrellas que iluminan el campo minado de la literatura. Minado de mandatos masculinos, de su hegemonía.

La hermana menor. Menor por » menos feminista» que Victoria Ocampo. Comparada. Desde algunos chismes pululantes, lesbiana o bisexual: carta va y carta viene con La Pizarnik. Cautivado también el corazón de María Moreno, pero finalmente rechazado. Enamorada eterna de Bioy Casares, ese perro, ese galán, dirán otrxs. Hay quienes dicen: la gorreaba. Casi un hecho. Silvina lo sabía. Esos amores que cautivan en la vida ajena -amor tóxico, que le dicen-, ah, pero en la propia…

La niña bien, la de la memoria distorsionada: recuerda bien, pero recuerda una infancia oscura, libidinosa, demasiado para que una escritora se atreva a refractar aquellos recuerdos en su literatura. Una infancia que su hermana, La Feminista, reprende. Pero no todo cuento es recuerdo, si no, casi siempre, ficción. También: la anciana seductora, esa forma del poder que desarrollaron algunas mujeres para subvertir y manipular, dos bienes por los que se las enjuicia, pero a través de los que se somete el orden patriarcal a otro deseo: el de las mujeres que engañan. Y las escritoras engañan o tienen acceso a otras formas de la verdad.

Su ficción es a menudo fantástica en muchos sentidos, pero, sobre todo, por su vinculación con el género que entonces ella, su marido y otro escritor, Jorge Luis Borges, se empeñan en instalar definitivamente en el canon nacional. Pero mientras los varonzuelos escriben sobre lo verdaderamente importante, Silvina escribe obscenidades: niñas que pervierten a los varones en los cumpleaños, niñas violadas, niñas que desean a los adultos, niñas que asisten a visiones fragmentarias, extrañísimas de la realidad -la única que puede tenerse después de enfermar de fantasía cuando se es lectorx voraz de ese género maldito que desmiente la realidad, como si hubiera tal cosa-. Pero Silvina también es kitsch, y escribe sobre los celos y el amor rosa y encuentra lo fantástico allí, una veta de la perversión. Mujeres que provocan su propia violación según la ropa que poseen. Otras que heredan la vida ajena de mujeres más libres, ya muertas -oh paradoja-, al vivir en la casa que ese espíritu habitara. Y lo que es más: narradoras lesbianas, en primera persona, muertas de celos y de pasión, capaces de asesinar a sus enamoradas. O desear prender fuego al prometido de la chica en cuestión.

Ya ven: política de la literatura, una categoría de Jacques Ranciere. Hacer visible y audible en la literatura lo que antes no lo era. Propiciar protagonistas mujeres: que odian, matan, celan, hacen magia, seducen. Y ya de pequeñas están torcidas, pues torcerse es la única manera, en el universo de Silvina, de hallar una libertad: del género, de la infancia y de la vida.

Bajo el ojo de Borges, el gran ojo bienhechor de la literatura argentina, su compañera Sil no alcanza el parámetro de la buena literatura. Algunos cuentos merecen su halago, sí, es cierto. También es cierto que para era un mujer productora de la cultura en los tiempos de Sur, la revista que entonces coordinaba este grupillo de derechosos pero entrañables escritores -esos dilemas de la Argentina: ¿se deja de leer a Borges por gorila y patriarcal?, lo siento, compañeras, ese marrano aún me cautiva en la lectura-. Pero para el marrano en cuestión la obscenidad no es algo que deba narrarse: importan el infinito, los espejos y el pasado remoto de un país de héroes. Todo lo demás es una nadería: cosa de nada.

Y qué haremos con la Silvina derechosa por igual, fetichizada con los pobres -casi como Jesús-, para quien, con toda la oscuridad, la pobreza era una condición hermosa: así de terrible, una apreciación estética sobre la desigualdad. Pues esto: revisarla en su crudeza, pero no desterrar de la literatura ni exigir coherencia a una figura que no es un dios, ni una santa ni debe, necesariamente, serlo. Basta de exigir la sensatez a las mujeres. Basta de requerir su bondad y su corrección para que, finalmente, pueda ingresar tímidas y mansitas al canon nacional. Era gorila, sí. Jamás lo olvidaremos. Pero ella fue la primera en publicar -porque podía, sí; porque tenía privilegios, sí; porque era blanca, sí- y en marcar todo una futura tradición -si lo supieras, Silvina- de fantástico y feminismo en nuestra letras. Y lo empieza a hacer en el 30’. Sacala a bailar. Incluso antes del voto femenino en Argentina -capítulo aparte las diferencias entre Ocampo, Victoria y Evita capitana, esa contrariedad de familia que tampoco perdonaremos-.

 

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